Informe del Mes
Febrero
El Manifiesto Comunista: 157 años de absoluta vigencia
Se
está cumpliendo en estos días un nuevo aniversario de la presentación de una de
las más fundamentales obras del pensamiento revolucionario de todos los tiempos.
Originalmente publicado el 24 de febrero de 1848 en Londres Inglaterra, por
mandato de los obreros que conformaban la Liga Comunista –antes Liga de los
Justos-, el programa concebido por Karl Marx y Friedrich Engels, que lleva por
título Manifiesto del Partido Comunista, es sin dudas una piedra angular en la
ideología de la clase obrera y su lucha por romper las cadenas de la dominación.
Terminado apenas dos semanas antes del estallido revolucionario que recorrió
Europa en aquellos años, es un verdadero faro conceptual, que abarca la
historia, la política y la cultura, -una real arma teórica y práctica- vigente
en un mundo que hoy oprime a inmensas mayorías condenándolas al hambre, la falta
de trabajo, educación, vivienda, salud y otros beneficios para salvar sólo a las
minorías privilegiadas: las clases dominantes, los explotadores y déspotas. Su
texto, dotado a la vez de una amenidad y una profundidad increíbles, nada ha
perdido de su actualidad pese al paso del tiempo e incluso a la derrota de
algunas de las experiencias socialistas de la historia.
Documento programático, si se quiere plataforma política, el Manifiesto expresa
la genialidad de sus autores desde el principio: “Toda la historia de la
sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de lucha de clases”,
sentencian. A partir de esa definición de la historia, Marx y Engels llaman a
los comunistas a expresar a la luz del día y al mundo entero sus ideas, sus
tendencias, sus aspiraciones. No se trata en el Manifiesto de hacer sólo una
descripción de los horrores del mundo capitalista –que por otro lado si se hace
y con brillante capacidad de expresión y síntesis-, sino también de proponer una
salida, una alternativa superadora a dichos horrores, de orientar la acción del
proletariado como sujeto político social, a ser artífice de la revolución.
Defensor de la organización del proletariado en clase, y por tanto en partido
político, es en definitiva un texto que pretende organizar la voluntad de poder
de los explotados, con miras a la construcción revolucionaria de una sociedad
distinta.
Pese a estar cumpliendo ya ciento cincuenta y siete años, las ideas del
Manifiesto no podrían gozar de mayor actualidad. Escrito en tiempos en que aún
no se hablaba de mundo globalizado, ni existían tecnologías como las de hoy, el
texto da cuenta – bien explica Néstor Kohan- de la expansión del capitalismo por
todo el orbe; la unificación económica de todo el planeta; la disolución de los
vínculos estrechamente locales o nacionales; la formación de una cultura global
y el papel que en ella juegan los medios de comunicación.
El
diagnóstico de la realidad efectuado por Marx y Engels con genial sabiduría los
hizo expresar: “La introducción de las máquinas y la división del trabajo, ha
despojado a la labor del obrero de todo carácter individual, le ha hecho perder
todo atractivo. El productor resulta un simple apéndice de la máquina; no se
exige de él sino la operación más simple apéndice de la máquina; no se exige de
él sino la operación más simple, más monótona, más rápida. Por consecuencia, lo
que cuesta hoy día el obrero se reduce poco más o menos a los medios de
sostenimiento de que tiene necesidad para vivir y para perpetuarse. Según eso,
el precio del trabajo como el de toda mercancía, es igual a su costo de
producción. Por consiguiente, cuanto más sencillo resulta el trabajo, más bajan
los salarios. Además, la suma de trabajo se acrecienta con el desenvolvimiento
del maquinismo y de la división del trabajo, sea por la prolongación de la
jornada, por la aceleración del movimiento de las máquinas, y, por tanto del
rendimiento exigido en un tiempo dado.
La industria moderna ha transformado el pequeño taller del maestro artesano en
la gran fábrica del burgués capitalista. Masas de obreros, amontonados en la
fábrica, están organizados militarmente. Son como simples soldados de la
industria, colocados bajo una jerarquía completa de oficiales y suboficiales. No
son sólo esclavos de la clase burguesa, del Estado burgués, sino diariamente, a
todas horas, esclavos de la máquina, del contramaestre, y sobre todo, del mismo
dueño de la fábrica. Cuanto más claramente proclama este despotismo la ganancia
como fin único, más mezquino, odioso y exasperante resulta.
Cuanto menos habilidad y fuerza requiere el trabajo, es decir, cuanto más
progresa la industria moderna, con mayor facilidad es suplantado el trabajo de
los hombres por el de las mujeres y los niños. Las distinciones de edad y sexo
no tienen importancia social para la clase obrera. No hay más que instrumentos
de trabajo, cuyo precio varía según la edad y el sexo.
Una vez que el obrero ha sufrido la explotación del fabricante y ha recibido su
salario en metálico, se convierte en víctima de otros elementos de la burguesía:
casero, tendero, prestamista, etc.
Pequeños industriales, comerciantes y renteros, artesanos y labradores, toda la
escala inferior de las clases medias de otro tiempo, caen en el proletariado: de
una parte, porque sus pequeños capitales no les permiten emplear los
procedimientos de la gran industria y sucumben en concurrencia con los grandes
capitalistas; de otra parte, porque su habilidad técnica es anulada por los
nuevos modos de producción. De suerte que el proletariado se recluta en todas
las clases de la población”.
Estas ideas, derivadas del análisis científico hecho por los autores, resulta
aplicable al pie de la letra en nuestros días, donde la política de dominación y
guerrerista de las potencias imperialistas han generado aventuras militares en
distintas partes del mundo con el único fin de perpetuar su dominio y decidir la
suerte de la economía mundial. Las expresiones de degradación del sistema
capitalista contenidas en el Manifiesto adquieren con la lectura actual no sólo
una nueva comprobación material, sino también la altura de revelaciones
proféticas, pero no desde el misticismo ni el carácter esotérico de las mismas
sino desde su verdad inalterable. No por nada, alguna vez Wilbrandt lo definió
como un magnífico documento, grandioso por su fuego de agitación y penetrado de
espíritu, hasta a veces, de previsión genial.
En un mundo donde la inmensa mayoría sólo subsiste con menos de un dólar diario,
millones son arrojados diariamente a la muerte, el hambre y la desesperación
mientras la riqueza se concentra cada vez en menos manos; donde la prepotencia
de los gobernantes y el poder económico reprime todo intento de alternativa y
resistencia; en el que se asiste permanentemente a la pérdida de históricas
conquistas sociales, obtenidas con la lucha y la sangre de generaciones enteras,
el Manifiesto y su programa, lejos de ser sólo una expresión histórica del
pensamiento revolucionario se convierte en expresión de la necesidad de cada vez
mayores cantidades de personas sometidas al yugo de la explotación, la opresión,
el militarismo y la barbarie.
En
países como la Argentina, donde pese al crecimiento de la economía, la
desocupación se mantiene en el veinte por ciento y junto a la subocupación,
afecta a más de cinco millones de personas; donde de los seis millones de
asalariados que mantienen su fuente de trabajo, el cuarenta y cinco por ciento
carece de cobertura social; donde muere un niño cada cincuenta minutos por
causas o enfermedades evitables la vigencia mencionada se acrecienta. Lo mismo
ocurre en cada uno de los lugares del “tercer mundo”, de los países “emergentes”
o “subdesarrollados” víctimas de la más brutal dominación del capitalismo
monopolista imperial.
Bien explica Marcos Wolman que siguiendo el espíritu del Manifiesto cuando
señala que “la liberación de los proletarios sólo podrá ser obra de los
proletarios”, hoy debe leerse a partir de la idea de que la liberación sólo
podrá lograrse con la unidad de los trabajadores organizados política y
sindicalmente, con la juventud estudiantil, con los nuevos movimientos que se
incorporen a la lucha: de género, juveniles, de género, ecologistas, y otros; y
con los militantes y partidos políticos de izquierda.
Por todo ello, la tarea de aquellos que luchamos por la liberación nacional y
social de nuestro pueblo, por un mundo de hermanos sin explotadores ni
explotados, por el fin de la opresión, es revigorizar, reforzar la marcha de
aquel fantasma que hace algo más de un siglo y medio recorría Europa y que hoy
se hace presente en la lucha de los sin tierra en el Brasil, en el movimiento
mundial por la paz y antiglobalización, en la heroica resistencia
antiimperialista en medio oriente. Y que en nuestra América Latina enfrenta al
ALCA y otros tratados de anexión, que con piquetes, marchas y huelgas se opone
al gran capital, que resiste junto a Cuba socialista y la Venezuela bolivariana
los embates del nuevo poder mundial construyendo la alternativa.
Hoy como hace ciento cincuenta y siete años, la consigna sigue siendo la misma:
¡¡¡Proletarios de todos los países, uníos!!!
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