Biografía de Karl Marx
“Marx era un
genio; los demás, a lo sumo, somos hombres de talento.
Sin él, la teoría no sería hoy, ni con mucho, lo que es.
Por eso ostenta legítimamente su nombre”
Friedrich Engels
“Si dejan al descubierto su rasgo más esencial, su inmenso ceño, sabrán de
inmediato que se encuentran frente a la más formidable conjunción de fuerzas: un
soñador que piensa, un pensador que sueña”, escribió sobre su persona, el
periodista R. Landor. Elegido en una encuesta mundial de 1999 como el pensador
más grande del milenio pasado, Karl Marx, ideólogo supremo del socialismo
revolucionario y el comunismo, ostenta –a partir de su genial obra y su
consecuente acción político militante-, más que merecidamente el título de padre
intelectual de las más fantásticas luchas y revoluciones contra la opresión
capitalista y por la liberación del género humano.
Nacido con el nombre de Karl Heinrich Marx en la ciudad de Tréveris, entonces
Prusia, en el año de 1818, recibió su primera educación en su ciudad natal.
Egresado con el título de abogado de la Universidad de Bonn, en Berlín tomó
contacto con la filosofía de Hegel. En 1841, obtuvo el doctorado en filosofía de
la Universidad de Jena.
En un núcleo de jóvenes filósofos entre los que se contaban además de Marx,
Ludwig Feuerbach y los hermanos Bauer entre otros, -al que se conocía como el
Club de los Doctores-, se concentró la crítica al orden social imperante en la
Prusia de aquellos años, en la que dominada por el Rey Federico Guillermo IV se
imponía un régimen autoritario, clerical y premoderno. Pero en el caso de Marx,
la crítica sobrepasó ese mundo para atacar también el modelo de poder propio del
sistema democrático-liberal burgués, desnudando sus contradicciones que
pregonaban una igualdad política de los ciudadanos en una realidad de evidentes
desigualdades sociales.
Así, supo expresar: “El Estado político es, en esencia, la vida genérica del
hombre en oposición a su vida material. Todas las premisas de esta vida egoísta
subsisten en la sociedad civil, fuera de la esfera del Estado, pero como
cualidades de la sociedad civil. Donde el Estado político ha llegado a su
verdadera formación, el hombre lleva, no solo en el pensamiento y en la
conciencia, sino en la realidad, en la vida misma, una doble vida, una celestial
y otra terrenal; la vida en la comunidad política en la que se integra como ser
colectivo, y la vida en la sociedad civil, donde obra como particular, ve en los
demás simples medios, se rebaja a sí mismo al papel de simple medio de los otros
y se convierte en juguete de fuerzas extrañas”.
Como académico del grupo de la izquierda hegeliana comenzó a colaborar con la
revista Rheinische Zeitung de Colonia cuya dirección ocupó en 1842. Una vez
instalado en París, tomó contacto con los grupos socialistas. De esa ciudad fue
expulsado por el gobierno francés en 1845, lo que significó que debiera partir
junto con su esposa Jenny von Westphalen hacia el exilio en Bruselas.
En esos años, toma contacto con quien sería su más íntimo colaborador, el
también alemán Friedrich Engels. Juntos publicarían como primera obra escrita
por ambos, La sagrada familia en 1845. El segundo trabajo del binomio, fue La
ideología alemana. Más tarde, Marx publicaría las Tesis sobre Feuerbach.
Desde sus primeros escritos, dejó en claro que el papel del pensador o del
intelectual no ha de ser el de aquel dispuesto a describir la realidad que se
deriva en la historia, sino el de aquel que se compromete con la política de su
tiempo tomando partido, en su caso por una clase, la clase obrera o proletaria,
a la que dota de un significado histórico fundamental. Así, expresó: “Los
filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de
lo que se trata es de transformarlo”.
En 1846, Marx y Engels junto con otros de sus seguidores constituyeron en
Bruselas el Comité de los Comunistas buscando vincularse con grupos similares de
Inglaterra, Francia y Alemania. Así nació en 1847 la Liga de los Comunistas que
unió a obreros de distintas naciones europeas reemplazando a la vieja Liga de
los Justicieros y adoptando como lema fundamental la frase: “¡Proletarios de
todos los países, uníos!”. En el II Congreso de la Liga de los Comunistas,
realizado en Londres en 1847, se aprobaron los estatutos de la misma y se
encomendó a Marx y Engels la redacción del programa o manifiesto de la Liga.
En 1848 vio la luz el resultado de ese pedido de los obreros miembros de la Liga
que bajo el nombre de Manifiesto del Partido Comunista, sintetizó las ideas de
Marx y Engels sobre la historia, la lucha de clases, el papel del proletariado y
la revolución en la construcción de una sociedad distinta a la sociedad
capitalista basada en la explotación del hombre por el hombre.
En palabras de Marx y Engels, el capitalismo como sistema ha engendrado la clase
que por sufrir todas y cada una de sus injusticias, es la única capaz de ponerle
fin y estructurar una realidad nueva, sin explotadores ni explotados. De ese
modo, afirman: “Los proletarios sólo pueden conquistar para sí las fuerzas
sociales de la producción aboliendo el régimen de apropiación a que se hallan
sujetos, y con él todo el régimen de apropiación de la sociedad. Los proletarios
no tienen nada propio que asegurar, sino destruir todo lo que hasta ahora ha
venido garantizando y asegurando la propiedad privada existente. Hasta ahora,
todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por una minoría
o en interés de una minoría. El movimiento proletario es el movimiento autónomo
e independiente de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa. El
proletariado, la capa más baja de la sociedad actual, no puede levantarse,
incorporarse, sin hacer añicos desde los cimientos hasta el remate, todo ese
edificio que forma la sociedad oficial”.
Después de participar en el movimiento revolucionario en Alemania en 1848,
-desde donde alentó la acción de la clase obrera y los sectores populares y
democráticos a través de sus escritos como redactor jefe de La nueva gaceta del
Rin-, se instaló juntamente con su familia en Inglaterra, víctima de la
persecución y represión de parte de la policía y el gobierno de Colonia. Lo
mismo haría Engels.
En 1852 escribió El 18 brumario de Luis Bonaparte sobre el golpe de estado
encabezado en Francia por Napoleón III luego de una serie de insurrecciones
populares y levantamientos de carácter revolucionarios en aquél país, que
también tuvieron a Marx y a la Liga como protagonistas.
Según Marx, estas jornadas proponían en primera instancia una reforma electoral,
capaz de ensanchar los círculos privilegiados dentro de la clase poseedora
frente a la aristocracia financiera, pero cuando estalló el conflicto, el pueblo
subió a las barricadas barriendo con la monarquía e imponiendo la república, a
la que el proletariado con las armas en la mano le imprimió su sello
convirtiéndola en un primer momento en república social. Sin embargo, mientras
el proletariado de París discutía los problemas sociales del momento, las viejas
fuerzas de la sociedad se agruparon conteniendo el apoyo de los campesinos y la
pequeña burguesía. Los obreros, menores en número que los demás sectores que
reunían a la aristocracia financiera, la burguesía industrial, la clase media,
los pequeños burgueses, el ejército, el lumpenproletariado organizado como
Guardia Móvil, los intelectuales, los curas y la población del campo, fueron en
definitiva vencidos y muchos de ellos asesinados o deportados. Esto significó la
derrota de las fuerzas proletarias en el marco del movimiento revolucionario,
consagrándose la república burguesa con Luis Napoleón Bonaparte como presidente
de un régimen autoritario, quien luego del golpe de estado por él comandado en
1851, se convirtió en el segundo emperador de Francia bajo el nombre de Napoleón
III.
Sobre las diferencias entre las revoluciones lideradas por la burguesía y
aquellas impulsadas y conducidas por la clase obrera, escribió: “Las
revoluciones proletarias, como las del Siglo XIX, se critican constantemente a
si mismas, se interrumpen muy a menudo en su propia marcha, vuelven sobre lo que
parecía terminado para comenzar de nuevo desde el principio, se burlan
concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la
mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario
para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más
gigantesco frente a ellas, retroceden de vez en cuando aterradas frente a la
prodigiosidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no
permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: Demuestra con hechos
lo que eres capaz de hacer”.
En 1855, publica su primer trabajo dedicado especialmente a la economía bajo el
título de Crítica a la economía política que preanunciaba los elementos
centrales de la que sería una de sus obras más completas y fundamentales: El
Capital dada a conocer –su primer volúmen- en 1867.
Sobre la relación fundamental entre la economía y la organización socio –
política de la vida, escribió apelando a un análisis materialista y científico
de la realidad: “El modo de producción de la vida material condiciona el proceso
de la vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia del
hombre, la que determina su ser, sino, por el contrario, es su ser social el que
condiciona su conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las
fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las
relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión
jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han
desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas,
estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de
revolución social. Al cambiar la base económica se conmociona, más o menos
rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella”.
La incansable tarea de Marx en relación a la organización política de la clase
obrera para la revolución socialista lo llevó a encabezar desde 1864 la
conformación de una nueva agrupación que reuniera a proletarios de distintos
países que obtuvo la denominación de Asociación Internacional de Trabajadores.
Sobre el rol de la Asociación, planteó: “Las clases trabajadoras siguen sumidas
en la pobreza mientras a su alrededor crece la riqueza; son miserables entre
tanto lujo. Su deprivación reduce su estatura, tanto física como material. No
pueden confiar en otros para encontrar el remedio. Así pues, en su caso, hacerse
cargo de su propio destino se ha convertido en una necesidad imperativa. Deben
revisar las relaciones entre ellos y los capitalistas y propietarios, y eso
significa que deben transformar la sociedad. Este es en general el fin de todas
las organizaciones conocidas. Las ligas de campesinos y obreros, las sociedades
comerciales y de amistad, las tiendas y comercios en régimen de cooperativas no
son más que medios encaminados a ese fin. Implantar una perfecta solidaridad
entre estas organizaciones es el objetivo de la Asociación Internacional”.
El desarrollo de circunstancias revolucionarias en la Francia de 1871 que dieron
origen a la Comuna de París tuvieron a la Internacional como actor protagónico.
La experiencia fructificó en un gobierno obrero –dirigido por obreros o sus
representantes- que desde un principio adoptó medidas inspiradas en la
democracia, la justicia social y un profundo respeto a la libertad humana. Así,
abolió el trabajo nocturno en las panaderías y suprimió las agencias de
colocaciones; dispuso el funcionamiento mediante cooperativas de obreros de las
fábricas cerradas por sus antiguos dueños; suprimió el ejército y el servicio
militar obligatorio; confiscó los bienes de las iglesias disponiendo la
separación definitiva entre Estado y culto, e igualó sueldos de obreros y
funcionarios. Marx la definió como “fruto de la lucha de la clase productora
contra la clase expoliadora; la única forma política al fin descubierta, bajo la
que se podía llevar a término la emancipación económica del trabajo”.
La derrota de la Comuna, ahogada en sangre por la acción de las tropas leales al
gobierno de Versalles, luego de funcionar durante sólo dos meses, se desató una
vez más una ola de persecuciones y represión dirigida tanto a los dirigentes del
gobierno obrero sobrevivientes como a las organizaciones proletarias
internacionales que habían participado del mismo o lo habían impulsado. Así,
aparecieron una serie de ataques y falsas acusaciones a la Asociación
Internacional de Trabajadores que incluyeron erróneas informaciones sobre el
apresamiento de Marx en Bruselas.
Las divergencias entre Marx y los anarquistas seguidores del ruso Mikhail
Bakunin hicieron que la Asociación Internacional de Trabajadores, -que más tarde
sería conocida como la primera Internacional- entrara en una crisis a partir de
1872 que significaría en definitiva su disolución. Para 1875, Marx volvería a
intentar una nueva construcción política, esta vez en su Alemania natal con la
fundación del Partido Social Demócrata Alemán.
Dedicado a tareas de investigación y académicas, el máximo desarrollador del
socialismo científico, teórico mayor de la revolución proletaria, falleció a
causa de un absceso pulmonar en la ciudad de Londres el 14 de marzo de 1883. En
su despedida, junto a sus compañeros de lucha de siempre, su leal amigo y más
destacado colaborador, Friedrich Engels, expresó: “Ha muerto venerado, querido,
llorado por millones de obreros de la causa revolucionaria, diseminados por toda
América y Europa, desde las minas de Siberia hasta California. Y me atrevo a
decir que si pudo tener muchos adversarios, apenas si pudo tener un enemigo
personal. Su nombre vivirá a través de los siglos, y con él su obra”.
Biografía: Domingo
Apolinar