1. El Apóstol Juan llama a la Apostasía: el "Anticristo",
2. El Papa se llama a sí mismo Vicario de Cristo,
"Anticristo" en Español significa Vice-Cristo, es decir: un Cristo falsificado,
La Disimulación, una cualidad fundamental en el Anticristo,
Probado con este test, el Ateísmo y el Comunismo no pueden ser el "Anticristo",
Tampoco puede serlo el Mahometismo, etc.,
Sólo El Papado llena todas las condiciones demandadas,
Paralelismo entre el Cristianismo y el Anticristianismo,
CAPÍTULO II.
El Anticristo Retratado Antes De Su Nacimiento
El Anticristo retratado antes de su nacimiento,
Plenitud y completitud del cuadro,
Retrato de Pablo de él [del Anticristo],
El Retrato de Daniel y Juan de él concuerda con el de Pablo,
Pablo: el intérprete de los símbolos de Daniel y Juan,
La profecía de Pablo en 2 Tesalonicenses 2:1-11, citada,
CAPÍTULO III.
El Anticristo: Un Enemigo Bajo Una Máscara
Precisión y plenitud de la profecía de Pablo,
Consecuencias prácticas de esta discusión: ¿ella comporta el que continuemos o abandonemos la guerra contra el papado?,
¿Qué es el Anticristo?,
Un enemigo bajo la máscara de un amigo,
Éste es el verdadero significado del término "Anticristo",
Prueba de ello de los escritores clásicos,
Usado por ellos para designar uno que ocupa el lugar de otro,
Uso de la palabra por nuestro Señor,
Uso de la palabra por Juan, 1ra y 2da Epístola,
Un gran Anticristo que vendría después de unos pequeños,
Juan lo llama un engañador y un mentiroso,
Opiniones del Arzobispo Trench y el Dr. Chalmers,
Refutación de la opinión del Dr. Trench,
CAPÍTULO IV.
El Anticristo No Es Un Ateo Ni Un Comunista
El Anticristo no es un Ateo ni un Comunista,
Él debe necesariamente llevar un carácter eclesiástico,
y una pretendida amistad,
Debe haber un Cristo antes de que pueda haber un Anticristo,
Disimulación un elemento fundamental en el carácter del Anticristo,
CAPÍTULO V.
Los Dos Misterios De La Biblia
Fotografía de Pablo del Anticristo,
Ella concuerda en cada rasgo con el Papado,
La clave de su profecía: "el misterio de iniquidad",
La frase sugiere una organización de portentosa maldad,
La profecía inspeccionada desde este punto central,
Los dos grandes "misterios" de la Revelación,
¿Qué es el "misterio de la piedad"?
No meramente el desarrollo de un sistema, sino de una persona,
Debemos dar el mismo alcance de interpretación a ambos misterios,
El "misterio de iniquidad" es también el desarrollo de una persona,
El "misterio de la piedad" se desarrolla en Cristo, el "misterio de iniquidad" en el Anticristo,
CAPÍTULO VI.
Despliegue de los Dos Misterios
Paralelo trazado entre los dos misterios,
La "obra" del misterio de iniquidad,
Obrando como levadura, o semilla, o traición,
Obra del misterio de la piedad,
Se desarrolló en el curso de las edades,
Resultó al final en Dios manifestado en carne,
El misterio de iniquidad se desarrolló con las mismas etapas,
Estaba ya trabajando en los días de Pablo,
Estaba trabajando en las religiones paganas,
Finalmente se desarrolló en las Siete Colinas,
CAPÍTULO VII.
El Pastor Llega A Ser Un Monarca: Diez Siglos De Trepar
Diez siglos de trepar,
El pastor llega a ser un monarca,
Una idea proseguida por trece siglos,
La predicha "Apostasía",
Corrupción de la antigua Iglesia Romana,
Preparativos para el advenimiento del "Hombre de Pecado",
1ro El Emperador abandona Roma,
2do Los Obispos reclaman superioridad sobre los Presbíteros,
3ro Surgimiento de cinco grandes Patriarcados,
4to El obispo Romano llega a ser el primer Patriarca,
5to Donación (falsificada) de Constantino,
6to Decretos (falsificados) de Isidoro,
7mo Arribo de las naciones Góticas a Italia,
8vo Vasallaje de obispos al Papa,
9no El Palio hecho obligatorio para los obispos,
10mo Las órdenes monásticas y Winfrid,
11mo Las Cruzadas,
CAPÍTULO VIII.
El Rey con las Tres Coronas: El Vicario
Un rey con tres coronas,
El Papa aspira a la Soberanía temporal,
Conduce al Emperador Griego fuera de Italia,
Expulsa a los Lombardos por la ayuda de las armas Francesas,
Expulsa a los Vándalos y Ostrogodos y toma sus territorios,
El Papa así llega a ser un monarca temporal,
Un Papa de audaz ambición: Hildebrando,
Inocencio III y su grandeza
El Paralelismo no se completa hasta que termina en un trono.
CAPÍTULO IX.
El "Todo Poder" de Cristo y del Anticristo.
Otro punto del paralelo: la pretensión de milagros,
Paralelo entre los "dos advenimientos",
El advenimiento de Cristo es con la verdad, el del Anticristo con falsedad,
Cristo viene con "todo poder", el Anticristo con la semblanza de todo poder,
El poder de Cristo,
El pretendido poder del Anticristo,
Su poder como es pintado por Daniel,
Su poder como es descripto por Juan,
Homenaje rendido a él por las naciones,
El poder del Anticristo visto en la historia,
Su poder como plenamente desarrollado en Inocencio III,
CAPÍTULO X.
"Señales y milagros" de Cristo y del Anticristo
Otro punto en el paralelismo; "señales y milagros",
El advenimiento de Cristo fue con milagros,
El advenimiento del Anticristo fue con milagros,
El Papado profesa haber hecho todos los milagros que Cristo hizo,
Milagros de la Iglesia de Roma,
Milagros del Anticristo: milagros mentirosos,
Sus realizaciones espirituales: milagros mentirosos,
Regeneración bautismal, etc., etc.: milagros mentirosos,
CAPÍTULO XI.
Las "señales y milagros" de Terror del Anticristo.
Señales y milagros de terror del Anticristo,
Él trae "fuego" desde el cielo,
Terrores del entredicho Papal,
Sesenta y cuatro emperadores y reyes depuestos por los Papas,
El rey Robert Bruce excomulgado,
Ejemplo de bula de excomunión,
Excomuniones descriptas por escritores Papales como "centelleantes rayos",
Cuadro de una excomunión Papal,
Las guerras comenzadas por Gregorio VII, y continuadas con breves intervalos hasta 1688,
"Bullum Coenae Domini",
Esta bula está hasta ahora en vigor y promulgada,
El poder de deponer todavía es reclamado por la Ley Canónica y lo papas,
El "cuerno pequeño" de Daniel,
CAPÍTULO XII.
Todo Engaño De Iniquidad
El todo engaño del Papado,
Sagacidad de un nuevo orden,
El engaño del Papado va más allá que el del Paganismo,
El Papado falsifica todas las funciones de la Iglesia de Cristo,
Falsifica la arquitectura u orden de la Iglesia,
La Iglesia fundada en una persona: Cristo,
El Papado fundado en una persona: Pedro,
El engaño de la Curia Romana,
Cómo Roma compra y vende hombres de estado,
Ella da los nombres más santos a los más no-santos hechos,
Sus sacramentos, indulgencias, etc., el engaño de iniquidad,
El "engaño" de su moral,
La obra maestra de Satán,
CAPÍTULO XIII.
La Culminación del Paralelismo: Una Entronización
El Paralelismo culmina en una entronización,
El "impedimento" en el camino del Anticristo,
Ese "impedimento" conocido por los Tesalonicenses,
Ese "impedimento": el César Romano,
Pronosticado que Cristo se sentaría en el trono de David,
Ese trono tres veces trastornado, entonces viene Shiloh,
El Anticristo habría de sentarse en el trono del poder del mundo,
Ese trono repetidamente trastornado, y entonces el Anticristo vino,
Ambos "misterios" culminan en un trono,
Las gradaciones ascendentes o etapas en los dos misterios comparadas,
Desde la Cuna al Trono,
La entronización de Cristo en el Cielo,
La entronización del Anticristo en la tierra,
CAPÍTULO XIV.
La Usurpación del Anticristo sobre los Reyes y Naciones
El Anticristo se exalta a sí mismo sobre los magistrados,
Los magistrados son llamados dioses en la Escritura,
Cristo como Mediador puesto sobre todos los reyes y naciones,
El Papa como Vice-Cristo reclama una supremacía igual,
Ejemplos históricos de Papas que han esgrimido esta supremacía,
Los Papistas mandaron no perseguir hasta que fueran capaces de hacerlo,
CAPÍTULO XV.
El Anticristo Se Exalta A Sí Mismo Sobre Dios
El Anticristo se sienta en el templo de Dios,
Este templo significa la Iglesia Cristiana,
Esto descarta todos los Anticristos meramente civiles y políticos,
Los años de la vida del Anticristo a ser contados en siglos,
La idea de un Anticristo un solo hombre: inadmisible,
El Papa pretende ser Dios,
Pruebas de la Ley Canónica y de las Decretales,
El Papa pretende hacer todo lo que Dios hace,
CAPÍTULO XVI.
Hombre de Pecado e Hijo de Perdición
El "Hombre de Pecado" en contraste con el Hombre de santidad,
El Papado ha comerciado con el pecado,
Todo lo que toca lo convierte en pecado,
El Decálogo, los Sacramentos, etc., los convierte en instrumentos de pecado,
Un segundo Jeroboam que ha hecho pecar al Israel del Nuevo Testamento,
El Papado el "Hijo de Perdición",
El nombre tomado prestado de Judas,
El Papado, igual que Judas, ha traicionado al Cristianismo,
Perdición: la obra y la herencia del Papado,
Dondequiera que vaya trae la perdición con él,
CAPÍTULO XVII.
El Anticristo: su Destino
La dualidad en el destino del Anticristo,
Consumición lenta y súbita destrucción,
La consumición comenzó en la Reforma [Protestante],
La Biblia Abierta y la predicación pública lo han estado "consumiendo",
Su final destrucción con fogonazo de rayo,
Cuadro de la quema de la ciudad Papal, en Apocalipsis 18,
La piedra arrojada en el océano,
CAPÍTULO XVIII.
¿No Es Coincidente la Semejanza?
¿Coincide la semejanza?,
Sentimos que Pablo pinta al natural,
Cada rasgo es exacto, y la semejanza no coincide con ningún sistema excepto el Papado,
Sumario de las pruebas,
La máscara arrancada, o el Apóstol caído,
Sólo el Cristianismo tiene su paralelismo o falsificación,
Un formidable enemigo y la armadura apropiada,
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El Papado Es El Anticristo
CAPÍTULO I.
El Término "Anticristo"
No iremos muy lejos en esta discusión; ni es en lo más mínimo necesario hacerlo así. Los materiales para una recta decisión sobre la cuestión ante nosotros están a la mano. El Apóstol Juan, hablando de la Gran Apostasía que se levantaría en el Cristianismo, llama a ésta el "Anticristo". Y el Papa ha tomado para sí mismo, como el nombre que mejor describe su oficio, el título "Vicario de Cristo". Todo lo que requeriremos como las bases para nuestro argumento son esos dos hechos aceptados, a saber, que Juan llama a la "Apostasía", el "Anticristo", y que la cabeza del sistema Romano se llama a sí misma "Vicario de Cristo".
El Papado mantiene en su nombre la llave de su significado. Nosotros haremos uso de esa llave para abrir su misterio y su verdadero carácter. El Papado no puede quejarse si adoptamos esta línea de interpretación. Nosotros no hacemos más que usar la llave que él ha puesto en nuestras manos.
El Apóstol Juan, lo hemos dicho, hablando de la apostasía, la venida de la cual él predice, la llama el "Anticristo". Y también hemos dicho que el Papado, hablando a través de su representante y cabeza, se llama a sí mismo el "Vicario de Cristo". La primera, "Anticristo", es una palabra griega, la segunda, "Vicario", es una palabra española; pero las dos son en realidad una, porque ambas palabras tienen el mismo significado. "Anticristo", traducido al español es "Vice-Cristo", o "Vicario de Cristo"; y "Vicario de Cristo", traducido al griego es "Anticristo" Antichristos. Si nosotros podemos probar esto y el uso ordinario de la palabra por aquellos para quienes el griego fue su lengua materna, es decisivo en el punto no tendremos dificultad en mostrar que ese es el significado de la palabra "Anticristo", siempre un "Vice-Cristo". Y si es así, entonces, cada vez que el Papa reclama ser el Vicario de Cristo, él consiente ante el tribunal del mundo que él es el "Anticristo".
Más aún, esto limpiará nuestro camino y simplificará nuestra discusión. Porque, nótese esto, si "Anticristo" significa un "Vice-Cristo" es decir, uno que viene en el lugar de Cristo el engaño, la disimulación, la falsificación, deberán ser un elemento esencial en su carácter. Y en cualesquieras personas o sistemas en que estas características fundamentales no aparecen, no podremos encontrar al "Anticristo", cualquiera que pueda ser su oposición general a Cristo y al Cristianismo, o cualquiera otra característica del Anticristo que puedan poseer. Ellos pueden tener cada una de las otras características por las cuales la profecía ha descripto al notable adversario de Cristo y su Evangelio, sin embargo, careciendo de esta característica fundamental, su pretensión a esta preeminentemente maligna distinción no puede ser admitida. Esto nos habilita a descartar sumariamente y de una sola vez a una hueste de anticristos que han sido inventados por personas que se han dejado llevar por su imaginación, en vez de haber seguido algún principio sano de interpretación profética. La causa del Papado se ve beneficiada por los falsos comentarios y las erradas interpretaciones de la Escritura que interponen un Pseudo-Anticristo entre el [Papado] y la Profecía, la cual despliega contra el [Papado] un registro tan negro, y hace pender sobre él un tan terrible destino.
Supondremos que un ateo o un infiel ha sido traído al estrado para responder a la acusación de ser el Anticristo. Él, [el ateo], ha manifestado una satánica malignidad contra el Evangelio, y ha trabajado hasta lo máximo de su poder para destruirlo. Él ha blasfemado a Dios, aborrecido a Cristo, ridiculizado, vilipendiado, y perseguido a todos los que profesan su nombre, y sobre esa base se ha asumido que él es el Anticristo. El caso no es imaginario. Los ateos y burladores en anteriores épocas, Voltaire y Paine, en antiguos tiempos, comunistas y panteístas en nuestro propio día, han sido todos enlistados como el Anticristo. Bien, supongamos que uno u otro de estos notoriamente malignos personajes o sistemas han sido traídos al estrado, con la acusación de ser el "Adversario" predicho por Juan, "¿Quién eres tú?", dice el Juez. "¿Eres tu el Vice-Cristo? ¿Has hecho una profesión de Cristianismo y bajo este pretexto buscas destruirlo?". "¡No!", replica el acusado, "No soy una falsificación. A Cristo y su evangelio los odio, pero yo soy un abierto enemigo y no peleo bajo una máscara". Volviendo a la semejanza trazada por Pablo y Juan acerca del gran rival y oponente de Cristo, y encontrando la característica sobresaliente y esencial del retrato ausente en el acusado, el Juez sería constreñido a decir: "Yo no encuentro probada la acusación, vete por tu camino; tú no eres el Anticristo".
Entre los sistemas opositores, el Mahometismo se acerca más que ningún otro al Anticristo de la Biblia; sin embargo éste se encuenta muy lejos de él. Mahoma no desaprobó la misión de Jesús; al contrario, él profesó honrarlo como un profeta. Y muy de la misma manera lo hacen sus seguidores que todavía sienten un afecto hacia Cristo. Pero el Islam no profesa ser una imitación del Cristianismo. Cualquier falsificación que pueda ser descubierta en el Mahometismo es parcial, y es ensombrecida cuando es colocada al lado de la atrevida, definida, marcada falsificación del Romanismo. Requiere un violento esfuerzo de la imaginación aceptar al Mahometismo, o, de hecho, cualquier otro Ismo conocido como un Vice-Cristo. De todos los sistemas que hayan estado sobre la tierra, o que están ahora sobre ella, sólo el Romanismo cumple con todos los requerimientos de la profecía, y exhibe todas las características del Vice-Cristo; y esto lo cumple con tal completitud y exactitud que habilita al hombre que permita ser guiado por las afirmaciones de la Palabra de Dios por un lado, y por los hechos de la historia por el otro, decir inmediatamente: "Éste es el Anticristo". Lo que hemos dicho está pensado para mostrar las líneas sobre las cuales proseguirá nuestra demostración. Deberemos trazar el paralelismo entre sus respectivas cabezas, Cristo y el Papa, a lo largo de la línea entera de sus carreras. En este paralelismo reposa la esencia de lo que es el Anticristianismo y desde luego la fortaleza de nuestro argumento. Esta falsificación es tan exacta y completa, que ha desviado al mundo en la creencia de que ella es el Cristianismo, y lo ha desviado al desperdicio de no pocas generaciones, a la desestabilización y al derribo de reinos, a la atrofia del entendimiento humano, y a la pérdida de millones de almas inmortales.
*****
CAPÍTULO II.
El Anticristo Retratado Antes De Su Nacimiento
Es remarcable que la más clara, más plena y más viviente descripción del Anticristo que poseemos es aquella que fue dada de él antes de que surgiera. El Papado si se nos permite anticipar que él será el objeto de las siguientes páginas de demostración el Papado ha estado 12 siglos en existencia, y durante todos esos siglos, ha sido uno de los principales actores en el mundo: ni el tiempo ni la oportunidad le han faltado para mostrar su espíritu y sus metas. El registro de sus hechos yace abierto ante el mundo, y el que se apresura puede leerlo; y después de tan larga, y podemos añadir: tan nefasta relación con él, podría suponerse que ahora seríamos capaces de dar una más plena y más verdadera descripción del mismo que cualquiera que pudiera posiblemente haber sido dada antes de que viniera [el Papado] a la existencia. ¡Sin embargo no! Incomparablemente, la más viviente descripción del Papado que existe, es aquella que fue dada por Pablo en el primer siglo, cuando escribió a los Cristianos Tesalonicenses, la cual damos abajo.
La de Pablo no es la única descripción del Papado en las páginas de la Biblia. Daniel, siglos antes, ha vislumbrado el surgimiento de este sistema, en imágenes de gráfica vivacidad y dramática grandeza. Un poco después de Pablo, Juan, en símbolos igualmente majestuosos y temibles, predijo el advenimiento del mismo poder. La visión fue redoblada a causa de que la cosa era segura. Pablo vino en medio de esas dos profecías dos, sin embargo una sola como su inspirado intérprete. Él no empleó ni figuras ni símbolos, sino que en palabras llanas pero solemnes, levantó el velo y dejó al descubierto el infernal origen y el carácter satánico de ese poder, el cual, cuando él escribió, estaba tan cerca, que los Cristianos a quienes dirigió su epístola podían casi oír el sonido de sus pasos aproximándose, y ver la sombra que ya había comenzado a ser proyectada sobre la Iglesia y el mundo. Citamos el pasaje de 2 Tesalonicenses 2:1-11:
2:1 EMPERO os rogamos, hermanos, cuanto a la venida de nuestro Señor Jesucristo, y nuestro recogimiento a Él,
2:2 Que no os mováis fácilmente de vuestro sentimiento, ni os conturbéis ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como nuestra, como que el día del Señor esté cerca.
2:3 No os engañe nadie en ninguna manera; porque no vendrá sin que venga antes la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición,
2:4 Oponiéndose, y levantándose contra todo lo que se llama Dios, o que se adora; tanto que se asiente en el templo de Dios como Dios, haciéndose parecer Dios.
2:5 ¿No os acordáis que cuando estaba todavía con vosotros, os decía esto?
2:6 Y ahora vosotros sabéis lo que impide, para que a su tiempo se manifieste.
2:7 Porque ya está obrando el misterio de iniquidad: solamente espera hasta que sea quitado de en medio el que ahora impide;
2:8 Y entonces será manifestado aquel inicuo, al cual el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida;
2:9 A aquel inicuo, cuyo advenimiento es según operación de Satanás, con grande potencia, y señales, y milagros mentirosos,
2:10 Y con todo engaño de iniquidad en los que perecen; por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos.
2:11 Por tanto, pues, les envía Dios operación de error, para que crean a la mentira;
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CAPÍTULO III.
El Anticristo: Un Enemigo Bajo Una Máscara
A fin de introducirnos en nuestro tema, hemos dado por sentado que el sistema descripto por Pablo en el pasaje que hemos acabado de citar es el Papado. Esta es la cosa a ser establecida. Ahora procederemos a probarlo, y previendo que mostraremos sobre buenos y concluyentes fundamentos que el sistema descripto por Pablo es la apostasía Romana, y que este es el mismo sistema que Daniel y Juan han retratado bajo imágenes simbólicas, se seguirá que uno que admita que la Biblia es la Palabra de Dios y que Pablo escribió por la inspiración del Espíritu Santo, debe creer que el Papado es decir, la apostasía Romana es el Anticristo de la Escritura.
Este no es un punto de mera especulación. Esta es una cuestión que va asociada a grandes asuntos prácticos. Esta investigación tiene por objeto la determinación del verdadero significado de una importante parte de la Palabra de Dios, incluso la mejor mitad de sus profecías, más aún, en esta cuestión debe descansar el veredicto que hemos de pronunciar sobre esa sociedad que se llama a sí misma "la Iglesia", como también las revelaciones en las cuales hemos de afirmarnos para ello. Y de esto también debe depender si abandonaremos o continuaremos ocupando el terreno que hemos estado acostumbrados a considerar como nuestra divina y central posición en nuestra guerra con el Papismo; o si más bien, no deberíamos poner fin a esta guerra y confesar que hemos estado peleando todo el tiempo bajo un error.
¿Quién es el Anticristo? Para la correcta respuesta a esta pregunta nos ayudará si determinamos primero: ¿Qué es el Anticristo?
El Anticristo es un enemigo que hace guerra al Hijo de Dios. De eso no hay ninguna duda. ¿Pero cuál es la forma de esta guerra? ¿Y bajo qué carácter el Anticristo la lleva adelante? ¿Hace él la guerra abiertamente, o la pelea bajo una máscara? ¿Toma el campo como un abierto rebelde y declarado enemigo, o viene como un amigable adherente que profesa brindar apoyo y ayuda en la causa que en realidad busca minar y destruir? Para determinar este punto, miremos el significado de la palabra Anticristo como fue empleada en la Escritura.
El lector verá que el término es un compuesto, constituido de dos palabras: "anti" y "Cristo". El nombre es uno de nueva formación; estando compuesto, parecería, para este verdadero enemigo, y por su etimología expresando más exactamente y perfectamente su carácter de lo que podría hacerlo cualquier palabra más vieja. La cuestión precisa ahora delante de nosotros es ésta: ¿Cuál es el sentido preciso de "anti" en esta conexión? ¿Designa a un enemigo que dice abiertamente y verdaderamente: "Yo estoy contra Cristo"? ¿O designa a alguien que dice de manera verosímil pero falsa: "Yo estoy en favor de Cristo"? ¿Cuál de estos dos?
Para determinar esto, miremos a la fuerza dada a este prefijo por los escritores, tanto en la literatura clásica, como en la Santa Escritura. Primero: los antiguos escritores clásicos. Por ellos, la preposición "anti" es frecuentemente empleada para designar un substituto. Este es, de hecho, un uso muy común de ella entre los escritores clásicos. Por ejemplo: anti-basileus, es aquel que es el locum tenens [suplente] de un rey, o como nosotros diríamos virrey, teniendo en este caso anti la fuerza del término castellano vice [virrey equivale a vice-rey]. Aquel que ocupaba el lugar del cónsul era antihupatos, pro-cónsul. Aquel que tomaba el lugar de un invitado ausente en una fiesta era llamado antideipnos. La preposición es usada en este sentido para el mismo Gran Sustituto. Cristo se nos dice que se dio a si mismo como un antilutron, un rescate en el lugar de todos. El uso clásico no requiere de nosotros darle únicamente un sentido a esta palabra y restringirla a uno que únicamente busca abiertamente y por la fuerza sentarse en el lugar de otro, y por usurpación violenta hacer que la autoridad de otro termine. Estamos en libertad de aplicar ésta a uno que se sitúa en el oficio de otro bajo la máscara de la amistad; y mientras que profesa apoyar sus intereses, trabaja para destruirlos. Esto nos deja libres para tornarnos al uso de la palabra en la Escritura. El Anticristo aparece primero a la vista en el discurso de Nuestro Señor registrado en Mateo 24:24 y Marcos 13:22. "Porque falsos cristos (pseudochristos) y falsos profetas se levantarán, y mostrarán señales y maravillas para seducir, si fuera posible, aún a los escogidos". Nuestro Señor verdaderamente no usa la palabra "Anticristo", pero sí la que es casi su sinónimo "pseudo-Cristo". No obstante, las personas cuya venida Él predice están en la línea del Anticristo; ellas pertenecen a la misma familia, y su abarcante característica es el engaño, manifiestamente ellos no son enemigos abiertos, sino pretendidos amigos; ellos son "falsos cristos y falsos profetas", y como tales son precursores de aquel Gran Anticristo que los sucederá, y en quien han de encontrar su más pleno desarrollo y final consumación. Ellos buscarán por medio de "señales y maravillas", falsos desde luego, obscurecer la gloria de los verdaderos milagros de Cristo, debilitar la evidencia de su Mesianismo que surge de esos milagros, y arrastrar a los hombres lejos de Él, y [arrastrarlos] tras sí mismos.
El otro lugar en el Nuevo Testamento en el cual se hace referencia al Anticristo son las primera y segunda epístolas de Juan. La idea que Juan presenta del Anticristo está exactamente en armonía con aquella de Nuestro Señor. Juan lo observa en el disfraz de un Engañador. "Hijitos", dice Juan (primera epístola 2:18), "este es el último tiempo: y como vosotros habéis oído que el Anticristo vendrá, aún ahora hay muchos Anticristos". Después de este anuncio de un especial y gran Anticristo, inmediatamente después de esos Anticristos menores que habían ya arribado, y que estaban urgiendo con sus reclamos la atención del mundo, Juan se aproxima para ver más de cerca al gigante que se levantaría después de que esos enanos se hubieran ido. Él nota prominentemente una característica suya [del gran Anticristo], y ésta es la falsedad. El Anticristo, dice Juan, ha de ser un engañador (versículo 22). "¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Éste es el Anticristo que niega al Padre y al Hijo".
"Las palabras de San Juan", dice el Arzobispo Trench, "me parecen decisivas en el asunto, de que la resistencia, y el desafío a Cristo, y no la falsa apropiación de su carácter y oficio, es la marca esencial del Anticristo" (Synonyms of the New Testament, por R. C. Trench, B.D., p. 120 Cambridge and London, 1854). Tal es la opinión del Dr. Trench; pero él no da fundamentos para ella; y nosotros no podemos imaginar ninguno [ningún fundamento que apoye la afirmación de Trench]. Nosotros extraemos la conclusión exactamente opuesta a partir de las palabras del Apóstol, incluso que la "falsa apropiación de su carácter y oficio" es una marca esencial del Anticristo. "El es un engañador" dice Juan. Si él viniera atrevidamente y verdaderamente abogando para sí mismo ser el enemigo de Cristo, ¿cómo sería él un engañador?, si él admite sin encubrimiento sus impíos designios de derribar a Cristo, ¿con qué verdad puede decirse de él que es un engañador? Pero tal es el carácter llanamente atribuido a él [al Anticristo] por Juan en su segunda epístola versículo siete: "Porque muchos engañadores han entrado en el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en la carne. Éste es un engañador y un Anticristo". Claramente la exégesis, o más bien la suposición, del Dr. Trench es inadmisible.
El Dr. Chalmers no tuvo dificultad en ver al sistema Romano en la "apostasía" predicha por Pablo. Nosotros lo encontramos diciendo en sus Lecturas de la Escritura: "Sálvanos, oh Señor, de apostatar, no sea que tengamos parte en la perdición que aguarda en la Gran Apostasía. Nosotros mantenemos que la usurpación de Roma está evidentemente señalada, y por lo tanto mantengamos nuestra distancia, y mantengamos nuestra resuelta protesta contra sus grandes abominaciones". (Sabbath Scriptura Reading del Dr. Chalmers, vol. I., p. 310. Edimburgh. 1848).
El Arzobispo Trench estuvo desviado, esto puede ser, por la fuerza del término niega. "Éste es el Anticristo que niega al Padre y al Hijo". Pero el que no confiesa cuando él es llamado a hacerlo así, niega. Tal es el uso de la palabra en estas aplicaciones a través de todo el Nuevo Testamento. Tal es el uso que Juan hace en este mismo pasaje. "Porque muchos engañadores han entrado en el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en la carne". Es claro que el Anticristo, como es descripto por Nuestro Señor y por su Apóstol Juan, ha de llevar una máscara, y ha de profesar una cosa y hacer otra. Él ha de entrar en la Iglesia como Judas entró en el jardín, profesadamente para besar a su maestro, pero en realidad para traicionarlo. Él ha de venir con palabras de paz en su boca, pero con la guerra en su corazón. Él ha de ser una falsificación de Cristo: una semejanza de Cristo estampada en un metal. Él ha de ser una imitación de Cristo, una cercana, ingeniosa, y astuta imitación, la cual engañará al mundo por generaciones, excepto únicamente a aquellos que enseñados por el Espíritu Santo serán capaces de ver a través del disfraz y detectar al enemigo debajo de la máscara del amigo.
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CAPÍTULO IV.
El Anticristo No Es Un Ateo Ni Un Comunista
El Anticristo, entonces, es una falsificación. Pero esta sola marca no es suficiente para identificar como el Gran Apóstata a la persona que la lleva. Todo engaño en religión es Anti-Cristiano; las otras marcas deben venir juntas con ésta para garantizarnos poder decir que hemos encontrado a aquel preeminentemente maligno, y que hemos encontrado esa portentosa combinación de toda maldad que ha de constituir el Anticristo. Sin embargo esta marca [de que el Anticristo es una falsificación] nos habilita a testear ciertas teorías que han sido propuestas sobre este tema. Si el Anticristo debe necesariamente ser un engañador (un falso cristo) entonces ningún ateo o cuerpo de ateos puede ser el Anticristo. Ningún panteísta o cuerpo de panteístas puede ser el Anticristo. Ellos no son engañadores; ellos son enemigos abiertos. Ellos hacen guerra en desafío a Dios y a Cristo, y bajo la declaración de que no hay tal persona como la que afirma la Biblia que llena el oficio de Mediador y Salvador del mundo. Ellos mantienen que el asunto entero es una invención de sacerdotes. El Anticristo no osa hacer tales aseveraciones. Esto sería fatal para él. Si afirmara que el Cristianismo es una fábula, y una completa impostura, él cavaría una fosa bajo sus propios pies. Él negaría el mismísimo primer postulado en su sistema; porque debería primero haber un Cristo antes de que pudiera haber un Anticristo.
Y esta marca no menos hace que nos limitemos a rechazar la teoría que ha sido propuesta con mucha vehemencia y alguna plausibilidad, de que el Anticristo es un personaje político, o potentado, algún terroríficamente tiránico y portentosamente maligno rey, que ha de venir, y por un breve espacio devastará el mundo por las armas, ese es un Anticristo completamente diferente de aquel Anticristo que ha sido predicho en las profecías. Él podrá asemejarse, más aún, sobrepasarlo en abierta violencia, pero carece de la profunda disimulación bajo la cual el Anticristo ha de cometer sus atrocidades. La furia del mero tirano es derramada indiscriminadamente sobre el mundo en toda su extensión; la furia del Anticristo es concentrada en un particular objeto y en una particular causa; tampoco podrá decirse con alguna propiedad que el tal tirano se sienta en el "Templo de Dios", la silla sobre la cual el burlador de Cristo se deleita en mostrarse a sí mismo. La profecía absolutamente rehusa el ver en cualquiera de esas teorías la conjunción única y el sistema culminante de hipocresía, blasfemia, y tiranía que ella ha predicho. Hasta aquí estamos ayudados en nuestra búsqueda. Porque cuando somos capaces de poner a un lado algunos de los falsos anticristos venimos más cerca del avistamiento del verdadero. Volvemos ahora a la profecía de Pablo, y estaríamos ciegos, verdaderamente, si después del estudio de ella, estuviéramos en alguna duda acerca de quien es el parecido que se proyecta hacia nosotros desde esta remarcable predicción.
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CAPÍTULO V.
Los Dos Misterios De La Biblia
El nombre Anticristo, es verdad, no ocurre en esta profecía; ello no es necesario, Juan ha dado el nombre. Pablo nos lo presenta con su descripción. Él retrata al Anticristo con un poder, una verdad, una seguridad y plenitud que no ha dejado nada que suplementar, y mucho menos que corregir o enmendar, para los dieciocho siglos que han pasado desde entonces. Las pinceladas con las cuales este retrato es hecho son pocas, pero cada una es un relámpago iluminador, y cada miembro y característica del terrible coloso queda revelada. Pablo no pintó este retrato y lo dejó como un enigma para dejar perplejas y desconcertar a las futuras generaciones. Con la historia en nuestras manos no hay lugar para un momento de duda sobre ello.
Desde que Pablo escribió, ha habido solamente un sistema al cual este retrato puede ser aplicado. Se aplica en cada detalle, como la fotografía concuerda en cada rasgo con el rostro viviente del cual fue tomada; pero no concordará con otro sistema que ahora está o que estuvo sobre la tierra, como también la fotografía concordará no con cualquier rostro sino con el mismo que fue estampado sobre la placa del artista. Así claramente el espíritu de profecía previó la venida del Anticristo, y así confiablemente capacitó a Pablo para describirlo.
La llave de esta profecía está en el séptimo versículo: "Porque ya está obrando el misterio de iniquidad" [2 Tesalonicenses 2:7]. "¡El misterio de iniquidad!" Esta frase es una impresionante. No es simplemente iniquidad sino "el misterio de iniquidad". Desde el tiempo cuando la primer transgresión en el Edén abrió las puertas para la su entrada, la iniquidad nunca ha estado ausente de la tierra. La historia no es otra cosa que un compungido relato de iniquidades. Pero ahora una nueva época estaba por ser abierta en la carrera del mal. Una hasta ahora sin precedentes e inaudita organización de iniquidad estaba por aparecer. La frase "misterio de iniquidad" sugiere una secreta y terrible conspiración para pecar, entre entes de varios rangos y facultades, y quizás también de varias naturalezas. No una mera serie de actos aislados, sino un sistema diestramente construido, con las varias partes primorosamente ajustadas unas a otras, y sus uniones trabajando moldeando un producto de tremendo carácter maligno, sobrepasando lo que cualquier anterior generación haya presenciado. Ese "misterio" era como no divulgado aún, pero estaba aún entonces, cuando Pablo escribió, viajando hacia la luz, y sería revelado a su debido tiempo.
"El Misterio de Iniquidad"
Este es nuestro verdadero mirador, desde donde podemos observar sobre el pasaje entero. Cuando es chequeada desde esta posición, la profecía de Pablo será vista teniendo una amplitud de significado y una profundidad de importancia tan honda como es de vasto su alcance. Nos aventuramos a pensar que la altura y profundidad de esta profecía no ha sido todavía muy exactamente medida, o su significación plenamente establecida.
¿Qué es el "misterio de iniquidad"? La frase sugiere otro: el "misterio de la piedad". Pablo escribiendo a Timoteo dice (1er Epístola, cap. 3. 16): "Y sin contradicción, grande es el misterio de la piedad". Esas dos frases permanecen únicas en la Biblia. Nosotros no leemos sino una sola vez del "misterio de la piedad", y una sola vez del "misterio de iniquidad". Ellos son los dos preeminentemente grandes misterios de la Revelación. Ellos permanecen uno contra el otro: el "misterio de iniquidad", modelando su carácter exterior y semblanza sobre el "misterio de la piedad", haciéndolo su patrón, hasta que finalmente el "misterio de iniquidad" presenta en sí mismo al mundo una perfecta imitación y falsificación del "misterio de la piedad".
Viendo que los dos misterios permanecen tan relacionados uno con otro, un misterio interpreta al otro. Debemos dar la misma altura y profundidad, el mismo largo y ancho, al uno y al otro, tanto como el origen y carácter diverso de los dos lo permitan.
Preguntamos, entonces: ¿Cuál es la idea precisa del Espíritu Santo en la frase el "misterio de la piedad"? ¿Denota la frase simplemente ese sistema de verdad espiritual que Dios ha estado desarrollando durante las sucesivas edades del mundo, que ahora finalmente se levanta plenamente manifestado en el Evangelio? A no dudarlo, esto es parte del "misterio de la piedad", pero no es el todo, ni es de hecho la parte principal del mismo. El "misterio de la piedad" no es solamente el desarrollo de un sistema, es el desarrollo de una persona. Así lo define el apóstol: "Y sin contradicción," dice él, "grande es el misterio de la piedad: Dios ha sido manifestado en carne". Fue el desarrollo gradual de ciertos grandes y sobrenaturales principios y verdades a través de símbolos, profecías y personas tipificantes, hasta que finalmente ellos alcanzaron su completo desarrollo y plena manifestación en la persona del Hijo de Dios.
El "misterio de iniquidad", que permanece junto y contra el "misterio de la piedad" como su paralelo y falsificación, debe ser igual a éste igual a éste en tener su fuente fuera del mundo, igual a éste en su lento y gradual desarrollo, e igual a éste en su culminación final. De éste, también, podemos decir que no es el desarrollo de un sistema solamente, es el desarrollo de una persona. Es la reunión conjunta de todos los principios del mal, y el agrupamiento de ellos en una organización o hueste, y su corporización final en una persona representante o cabeza: el Anticristo. Él habría de ser el gran resultado de la apostasía, no su mera cabeza ornamental, sino su ejecutivo. Él habría de guiar sus consejos, inspirar su política, ejecutar sus decretos; en resumen, él habría de ser el órgano a través del cual sus terribles poderes serían puestos en práctica.
A ésta nosotros tomaremos como la idea rectora en el pasaje. Exactamente igual que el "misterio de la piedad" no es meramente la manifestación del sistema de la piedad, sino la manifestación de Dios mismo, así el "misterio de iniquidad" no es meramente la manifestación del sistema de iniquidad, sino la manifestación de la persona o autor de la iniquidad. La profecía trae ante nosotros dos misterios, el uno la falsificación en todos los puntos del otro. Tenemos un agente invisible, Dios, detrás de uno; tenemos un agente invisible, Satán, detrás del otro. Tenemos un misterio culminando finalmente en una encarnación: "Dios fue manifestado en carne". Vemos al otro en igual manera culminando en una encarnación, en un sentido menos estricto; porque todos sus principios se concentran y se muestran al mundo a través de su cabeza viviente sobre la tierra, el Anticristo. Podemos aún ir más lejos y decir que hay una encarnación real del espíritu y la mente de Satán en el "misterio de iniquidad", como la hay del espíritu y mente de Dios en el "misterio de la piedad". Y como en Cristo Dios y el hombre se encuentran; así en el Anticristo, su falsificación y rival, el humano y el sobrehumano se encuentran y actúan juntos: hombre terrenal y arcángel caído.
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CAPÍTULO VI.
Despliegue de los Dos Misterios
El apóstol habiendo traído esos dos misterios al escenario, y mostrándolos a nosotros presentándose frente a frente, continúa trazando el paralelo entre los dos. Este paralelo es claramente discernible en cada etapa de su carrera. El apóstol lo traza primero en su surgimiento; segundo, en su venida; y tercero, en su pleno y completo desarrollo. Sigamos el paralelismo, paso a paso y etapa por etapa.
En su surgimiento: "Porque ya está obrando el misterio de iniquidad" [2 Tesalonicenses 2:7]. Estaba ya en existencia, sus energías estaban en movimiento, pero trabajaba en secreto, y era inaudible al mundo. Trabajaba como la levadura lo hace en la harina, la cual se mantiene silenciosamente fermentando la masa hasta que todo ha sido fermentado. Trabajaba como la semilla lo hace en el suelo, la cual germinando en las tinieblas, rompe el terrón, estalla en la luz, y recibiendo un acceso de fortaleza desde el sol y el aire, germina el tronco y al final culmina en flor y fruto.
El misterio de iniquidad trabajó como trabaja la traición. Los conspiradores se encontraron en cónclave secreto, ellos concertaron sus planes desconocidos para el mundo, hablaron en voz baja, pero sus proyectos a la larga maduraron, y ahora ellos salen a la luz del día, y proclaman en los tejados lo que han empollado en las tinieblas. Así trabajó el "misterio de iniquidad".
Así, también, trabajó el "misterio de la piedad". Aún en esta etapa inicial de los dos misterios trazamos una similitud entre ellos. Pensemos cuanto tiempo el Evangelio trabajó antes de que resultara en la encarnación del Hijo de Dios. Por edades y por generaciones el Cristianismo fue un misterio oculto. La redención del hombre por medio de la encarnación del Hijo de Dios fue un secreto profundamente oculto en los consejos de Dios en la eternidad, y aún después de que el tiempo hubo comenzado su curso permaneció largo tiempo como un secreto desconocido al mundo. Poco a poco este misterio se reveló a sí mismo. Primero, la idea de la encarnación fue hecha conocer débilmente. En la primer promesa, fue hecha mención de la "simiente de la mujer", y sobre esta obscura insinuación fue construida la esperanza de un Libertador, y esa esperanza transcurrió en las etapas con la raza. La idea de la expiación fue seguidamente revelada en la ordenación del sacrificio, el cual también, con la esperanza que está expresada y sustentada, llegó hasta el extremo de la corriente del tiempo. Seguidamente un completo sistema de adoración ceremonial fue instituido, para revelar la inminente redención en la amplitud de sus bendiciones. Todavía el velo estaba sobre ésta. Ésta permaneció ante el mundo como un tipo. Allí surge una ilustre serie de augustos personajes, quienes fueron precursores o tipos de Cristo. Ellos exhibieron ante la iglesia los oficios que su encarnado Salvador habría de cumplir, y el trabajo que Él habría de ejecutar. Allí se levantó una orden de hombres proféticos que lo prefiguraron como el Gran Maestro. Allí se levantó una orden de hombres sacrificiales que lo prefiguraron como el Único Sacerdote. Allí se levantó una orden de hombres reales que lo prefiguraron como un Monarca, y un Monarca que habría de ser más alto y poderoso que cualquiera de los monarcas de la tierra. Los Reyes de la Casa de Judá lo prefiguraron como brotando de una casta real, y el heredero de un trono al cual todas las naciones servirían, y ante el cual todos los reyes se inclinarían.
Así trabajó el "misterio de la piedad", desplegando y todavía desplegándose a medida que las edades avanzaban el tipo creciendo cada vez más claro, y la profecía cada vez más plena hasta que al final el "misterio" salió de detrás del velo, y se levantó ante el mundo, perfeccionado, finalizado, y plenamente revelado en la persona de Jesús de Nazaret, el Cristo "Dios manifiesto en la carne", y centrado en su persona, y fluyendo de ella, a través de su vida y ministerio y muerte, como los rayos del sol, estaban todas las gloriosas doctrinas del evangelio.
De la misma manera el "misterio de iniquidad" se mantuvo viajando, por las mismas etapas hacia el día de su revelación final. No fue la producción de una sino de muchas edades. La apariencia del mundo cambió: grandes imperios que habían llenado la tierra con su gloria y la cargaron con su opresión, descendieron al sepulcro. Surgieron cultos con sus poderosas jerarquías y grandiosos ceremoniales, y cuando sus días se cumplieron desaparecieron, dejando solamente templos arruinados y altares desiertos para contar que ellos habían una vez existido. Pero el "misterio de iniquidad" como si fuese inmortal, igual que el ser que lo inspiró, rehusó sucumbir a esas conmociones. Mantuvo su curso sobre tronos quebrantados y altares profanados, siempre avanzando hacia la elevada meta donde se mostraría a sí mismo a las naciones y sería la maravilla de todos los que habitan sobre la tierra.
Silenciosamente y furtivamente este "misterio" prosiguió su curso. Por edades y por generaciones fue también un misterio oculto. Pablo nos dice que estaba obrando en su día. Esto nos garantiza poder decir que el Anticristo habían nacido entonces, y estaba haciendo la prueba de sus poderes infantiles. El mundo no oía su trabajo, pero Pablo, por el espíritu de profecía sí lo oía, y sonó la alarma ante la iglesia. Los Gnósticos y otros maestros de error que habían surgido en el mundo tan temprano como en los días de Pablo, fueron Anticristos, y especialmente aquellos que propagaban el engaño de que fue un fantasma el que los Judíos aprisionaron, y crucificaron en el Calvario. Ellos parecían admitir la misión de Cristo, sin embargo subvirtieron la gran finalidad de su venida negando su encarnación, y, en consecuencia, la entera obra de la redención. Pero, aunque esos maestros fueron anti-Cristianos, ellos no fueron el Anticristo. Después de ellos, Pablo dio advertencias de que vendría uno mucho más grande que ellos, "el cordón de cuyos zapatos ellos no eran dignos de desatar". Ellos fueron Anticristos atrofiados y malformados; su sistema de error fue inmaduro, y su poder de ataque despreciable, comparado con ese plenamente crecido anti-Cristianismo que se levantaría en días posteriores, y diría al mundo: "Yo soy el Cristo", y bajo esa bandera haría guerra contra el verdadero Cristo.
Más aún, ya antes del día de los apóstoles el "misterio de iniquidad" ha comenzado a obrar. Desde el principio Satán había hecho correr la línea de error paralela a la línea de la verdad. Él había sido un cercano observador del plan de Dios desde el principio, y él lo hizo su modelo sobre el cual formar el suyo propio. Nunca el Divino plan avanzó una etapa sin que Satán hiciera un avance correspondiente en su plan, tan semejante al otro como fuera posible hacerlo en todos los aspectos exteriores, pero esencialmente antagónico en principios y en espíritu. Satán ha sido un falsificador desde el principio. Aun en los tiempos del Paganismo nunca se mostró como un adversario declarado, o haciendo abierta guerra. Él jamás estableció un sistema de Ateísmo. Él permitió que la gran idea de un Dios fuera recibida en el mundo Pagano; pero tuvo el cuidado de interceptar la influencia de esa gran verdad en el corazón y la vida seduciendo a los hombres para la adoración de "muchos dioses", y esos dioses en la propia semejanza del hombre. Él estableció altar contra altar, sacerdocio contra sacerdocio, y sacrificio contra sacrificio; magnificó y embelleció su ritual en el mundo pagano hasta que pareciera un no indigno rival del divinamente instituido ceremonial sobre el Monte Moriah.
Más aún, él envió por delante pioneros para mantener viva la expectación en el mundo pagano de algún Grande por venir. Él mostró al mundo un colosal cuadro del Anticristo mientras todavía estaba lejos. Porque, ¿qué fueron los Césares, reyes y sacerdotes del mundo Romano, sino tipos de aquel más terrible poder, temporal y espiritual, que sería depositado en la silla de los Papas? Esa colosal imagen él la mantuvo plena ante la vista del mundo, hasta que hubiera arribado la "plenitud del tiempo" para la aparición del Anticristo, y entonces retiraría la imagen, y traería al frente la gran realidad: el "Hombre de Pecado" que entonces vendría a su pleno nacimiento, aunque no aún en su plena estatura, y él le encontraría una sede y trono sobre las Siete Colinas.
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CAPÍTULO VII.
El Pastor Llega A Ser Un Monarca: Diez Siglos De Trepar
Comenzando su carrera en los días de Pablo, no fue sino hasta el siglo trece que el "Hombre de Pecado" alcanzó su madurez, y estuvo en pie plenamente crecido ante el mundo. Durante todas esas edades, él se mantuvo expandiéndose más alto y más alto, apilando apropiación sobre apropiación, y prerrogativa sobre prerrogativa, hasta que al final, se levantó hasta una altura desde la cual miraba hacia abajo no solamente sobre todas las iglesias, sino sobre todos los reyes y reinos. Él reclamó ser el único obispo del mundo y el único monarca del mundo. En el primer siglo es visto como el humilde pastor, cuya única preocupación es alimentar al rebaño, y que no tiene en vista ninguna corona salvo aquella que al jefe de los pastores pueda placerle darla a él en su aparición. En el siglo trece es visto como un poderoso potentado, quien se eleva con su pie plantado en cada trono y reino de la Cristiandad. Él escribe de sí mismo como un "Rey de Reyes", y pretende por derecho divino administrar todos los asuntos de la tierra. Si exceptuamos al Cristianismo, no hay un ejemplo similar en la historia de que algo al principio tan pequeño, llegara a ser al final tan grande. Trescientos Papas y más son vistos, uno tras otro, constantemente prosiguiendo esta idea, sin descansar alguna vez en sus esfuerzos o sin apartarse del objetivo. Cada uno en sucesión toma el plan desde el punto donde sus predecesores lo dejaron, y lo llevan a la práctica una etapa más cerca de su consumación. Por trece centenas de años hasta el fin, vemos la empresa impulsada con una constancia inalterable, y un coraje impávido, con una perseverancia y una perspicacia, en resumen, una combinación de poderes nunca antes vista obrando juntos para la realización de ningún otro proyecto. Hay más que un hombre allí. El espíritu que concibió este plan, que inspiró los actores y los mantuvo obrando siglo tras siglo, en la misma línea, hasta que al final la meta fue alcanzada, fue más que humano. Pablo nos dice que su autor fue Satán.
Una gran apostasía habría de preceder el levantamiento del Anticristo. En verdad, el "Hombre de Pecado" habría de surgir de esa apostasía. No os "conturbéis" ni alarméis dice el apóstol escribiendo a los Tesalonicenses, como si el tiempo se hubiera terminado, y Cristo fuera a retornar (2 Tes. 2:2, 3): "porque no vendrá sin que venga antes la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición". No una apostasía, sino la apostasía, como está en el original Griego una gran y notable apostasía. La Iglesia debe pasar a través de una tenebrosa y terrible sombra antes de que Cristo retorne. Los profetas han hablado no obscuramente de ese maligno tiempo. Éste fue la carga de la profecía de Daniel, éste fue repetido en las descripciones simbólicas de Juan. Pablo en sus otros escritos se ha referido al mismo, retratando con breves pero vívidos pincelazos las características esenciales del poder que en esa era habría de arrojar su tenebrosa sombra sobre el mundo.
Difícilmente hubieran cesado las antiguas persecuciones si no se hubiera instalado la gran apostasía. Jerónimo levanta el velo en el siglo cuarto, y descubre un cuadro verdaderamente melancólico. En vano miramos por la humildad, la simplicidad, y la pureza de la antigua Iglesia. El oro refinado en el horno de diez persecuciones está progresivamente oscurecido. La viña que Pablo plantó en Roma está siendo transformada en la viña de Sodoma. Los pastores de la iglesia están llegando a ser inflamados con el amor de las riquezas, y están peleándose entre ellos por preeminencia. Roma ve diariamente a sus obispos cabalgando hacia adelante en carros dorados, tirados por desbocados corceles. Su clero se muestra ataviado en ropas de seda. Los miembros de su rebaño llenan alternativamente la iglesia y el teatro, y corren con indecente prisa desde los supersticiosos ritos efectuados ante las tumbas de los mártires a los juegos y deportes del circo. La "apostasía" se ha instalado cabalmente. La corrupción crece con la corriente de los siglos. Se conforma a sí misma en un sistema, construye error sobre error, y los puntales mismos rayan todos con las presuposiciones y falsedades. La organización en la cual se consagra, necesaria y naturalmente encuentra para sí un jefe o cabeza. Entonces llega el Papa y su jerarquía. El "Hombre de Pecado" ha aparecido.
Él es visto levantándose de la tierra de un Cristianismo paganizado. Igual que el suelo del cual brotó, él es pagano en esencia aunque Cristiano en apariencia. Varios notables eventos le ayudaron a alcanzar su plena estatura. Tenemos que indicar, unos pocos no todos de ellos, porque es imposible escribir la historia de trece siglos en un breve capítulo.
El primer evento que contribuyó, y contribuyó esencialmente para el desarrollo del Papado, fue el alejamiento del Emperador desde Roma. De haber César continuado residiendo en su antigua capital, él, como dice el dicho, se habría "sentado" sobre el Papa, y este eclesiástico aspirante no hubiera podido lanzarse hacia arriba hasta ser el poderoso potentado que la profecía había predicho. Pero Constantino (334 D.C.) se trasladó a la nueva Roma en el Bósforo, dejando la vieja capital del mundo al Obispo de Roma, quien fue de allí en adelante el primer y más influyente personaje en esa ciudad. Fue entonces, probablemente, que la idea de fundar una monarquía eclesiástica se sugirió a sí misma ante él. Él había resultado heredero, por lo que debe haber parecido un afortunado accidente, para la antigua capital del mundo; él era, por otra parte, poseedor de la silla de Pedro, o creía serlo, y además de esas dos cosas la antigua ciudad de los Césares y la antigua silla del apóstol, podría aún ser posible así, indudablemente, razonó él fabricar un imperio que un día rivalizaría y aún sobrepasaría el de los emperadores. Esas cosas, pudo haberse pensado de antemano, sólo eran pobres materiales para soportar el peso de una empresa tan grande; sin embargo con su auxilio, y ayudado, indudablemente, por un consejo más profundo que el mero consejo humano, él proyectó un soberanía que no ha tenido igual sobre la tierra, la cual sobrevivió a la caída del Imperio Romano, la cual vivió a través de todas las convulsiones y trastornos de la Edad Media, y que ha alcanzado hasta nuestros días, y tiene el arte de, cuando los hombres creen que está por expirar, reconcentrar sus poderes, y regresar sobre el mundo.
Por ese tiempo, también, la igualdad que había reinado entre los pastores de la iglesia en la edad primitiva fue quebrantada. Los obispos reclamaron superioridad sobre los presbíteros. Ni hubo entonces igualdad entre los obispos mismos. Ellos tomaron la precedencia, no de acuerdo a sus erudicción, o sus talentos, o su piedad, sino de acuerdo al rango de la ciudad donde su sede estaba situada. Finalmente, un nuevo y altivo orden se levantó sobrepasando el episcopado. La Cristiandad fue particionada en cinco grandes patriarcados Roma, Constantinopla, Antioquía, Alejandría, y Jerusalén. Esas fueron las cinco grandes ciudades del imperio, y sus obispos fueron constituidos los cinco grandes príncipes de la iglesia.
Ahora vino la pregunta trascendental, hasta ahora tan afanosamente agitada: ¿Cuál de los cinco sería el primero? Constantinopla reclamaba este honor para su patriarca, sobre la base de que era la residencia del Emperador. Antioquía, Alejandría, y Jerusalén presentaron cada una su reclamo, pero sin efecto. Constantinopla encontró, sin embargo, una poderosa rival en la antigua ciudad en las orillas del Tíber. Roma había sido la cabeza del mundo, el trono de los Césares, alrededor de ella estaba todavía el halo de un millar de victorias, y que le daba una misteriosa influencia sobre la imaginación de los hombres, quienes comenzaron a ver en su obispo el primer eclesiástico del mundo Cristiano. El sufragio popular se había pronunciado en favor del obispo Romano antes de que su rango hubiera recibido la ratificación imperial. Él fue instalado como el primero de los cinco patriarcas en el 606 D.C. El Emperador Focas, disgustado con el obispo de Constantinopla, quien había condenado la muerte de Mauricio, por la cual Focas despejó su camino hacia la dignidad imperial, hizo a Bonifacio III obispo universal. El edicto imperial, sin embargo, dio al obispo Romano solamente la precedencia entre los cinco patriarcas; no le dio poder o jurisdicción sobre ellos.
Mero rango que los obispos de Roma recibieron siendo sólo un honor vacío. Lo que ellos codiciaban era poder substancial. Su política estaba ahora conformada teniendo en vista reducir todo el clero de la iglesia en obediencia a la silla Romana, y a exaltar a los Papas a la suprema y absoluta soberanía. Los siglos transcurrieron, en el curso de los cuales, con la ayuda de más de un artificio, y bajo la cubierta de muchos pretextos, los obispos Romanos lentamente extendieron su poder sobre el Oeste. Las tinieblas que acompañaron el descenso de las naciones Góticas favorecieron sus proyectos en un alto grado. "Las malas mercancías", dice Puffendorf, en su Introducción a la Historia de Europa, "son mejor vendidas en la oscuridad, o al menos en una débil luz".
Algunas de las "mercancías" vendidas en esos "oscuros" tiempos fueron suficientemente notables. De entre muchas, no daremos sino dos ejemplos. Al Emperador Constantino, como su última voluntad y testamento, se le hizo dejar en herencia a Silvestre, Obispo de Roma, el Imperio de Occidente entero, incluyendo el palacio, atuendos, y todas las pertenencias del amo del mundo. Una considerable dote, verdaderamente, para el pobre pescador. Entonces vino otro "golpe de fortuna" para el papado, en la forma de las decretales de Isidoro. Éste último mostró a la iglesia, para su sorpresa y deleite semejantes, que sus Papas desde Pedro en adelante tuvieron el mismo estado, vivieron en la misma magnificencia, y promulgaron su voluntad pontifical en extractos, edictos, y bulas en el mismo estilo autoritario y señorial que el de los grandes Papas de la Edad Media. Ambos documentos, es innecesario decirlo, fueron puras falsificaciones. Ellas son reconocidas por los Romanistas serlo. Ellas no pueden resistir un escrutinio de un instante en una era iluminada. Pero fueron aceptadas como genuinas en las tinieblas de los tiempos que le dieron nacimiento, y sobre ellas se fundamentaron vastas conclusiones. Las falsificaciones de Isidoro fueron constituidas como los cimientos de la ley canónica, y esa estupenda trama de legislación es todavía mantenida como siendo de autoridad divina, a pesar de que es ahora reconocida estar fundada en una falsificación.
Las naciones del norte arribaron a Europa del sur en el quinto y sucesivos siglos ignorantes del Cristianismo. Esa fue otra causa que favoreció el avance del "Hombre de Pecado". Esas naciones, a su arribo a Italia, encontraron un gran potentado espiritual sentado en la silla de César. Él les dijo que era el sucesor de Pedro el Apóstol, a quien Cristo había constituido su Vicario sobre la tierra, con poder para transmitir todas sus prerrogativas, espirituales y temporales, a sus sucesores en su oficio. Éste fue el único Evangelio que el Papa siempre predicó a las tribus bárbaras. Ellas no tenían medios de testear la ligitimidad de esos poderosos reclamos. En el Papa mismo reconocieron una no muy distante semejanza con sus propios archi-druidas; los ritos de los templos Romanos no eran distintos de la adoración que habían practicado en sus hogares paganos; ellos tuvieron fácil acceso a la fuente bautismal, sus creencias y costumbres paganas no constituían un impedimento; nación tras nación entraron bajo el estandarte Romano, los Francos mostraron el camino, y ganaron para sí mismos el título de los "más antiguos hijos de la Iglesia". Las naciones Góticas habían encontrado en el Papa, ante cuya silla ahora se inclinaban, un Padre espiritual común. Así fue como se logró otra notable etapa en el desarrollo del Papado.
Realzada su dignidad por esta vasta entrada de nuevos súbditos, el Papa se puso a fortalecer su poder dentro de la Iglesia completando la sujeción y vasallaje del clero. Él no dejó escapar oportunidad que le ofreciera alcanzar esta finalidad. Desde el siglo quinto los obispos que vivían de este lado de los Alpes [oeste de los Alpes] acostumbraban ir a Roma a visitar los sepulcros de los Apóstoles Pedro y Pablo. Este viaje era voluntario, siendo emprendido para gratificar la devoción o sentimientos supersticiosos de los píos excursionistas. En no mucho tiempo esto fue hecho obligatorio, y aquellos que fallaban en presentarse en el umbral apostólico estaban sujetos al reproche de ser tibios en su devoción a la Santa Silla. Seguidamente ello fue interpretado en el sentido de que los itinerantes obispos habían pretendido confirmación en Roma, y que todos los obispos debían ir a aquel lugar para tal fin. Así entonces vino otro ingreso de prerrogativa y dignidad a la silla papal.
Posteriormente, fue una práctica usual de iglesias y obispos requerir el consejo de la Iglesia Romana en materias de repercusión y dificultad, o desear la recta interpretación de cánones en particular. Cuando los de Roma percibieron que su consejo era tomado como una decisión, comenzaron a enviar sus decretos sin que ellos fueran pedidos, con el pretexto de ser Roma la primer Sede del mundo Cristiano, su obispo debía procurar que los cánones y leyes eclesiásticas fueran debidamente guardados. Consiguientemente otra intrusión sobre las libertades de las iglesias y pastores, y otro ingreso a la dignidad y jurisdicción papal.
Y posteriormente, cuando diferencias o controversias surgían entre obispo y obispo, o entre iglesia e iglesia, nada fue más natural para las partes en desacuerdo que solicitar la mediación del Obispo de Roma. El Papa voluntariosamente emprendió la tarea de arreglar sus contiendas, pero el precio que impuso fue una todavía más completa rendición de las libertades de la Iglesia. Entonces tomó ocasión para asumir el oficio de un juez, y presentar su silla como un tribunal ante el cual tenía el derecho de convocar a las partes. A veces él se colocaba en medio del Metropolitano y su diocesano, y con un pretexto u otro, deponía al último, en beneficio de la jurisdicción del primero. Más aún, a veces sucedía que las partes que habían sido condenadas ante tribunales provinciales eran alentadas a apelar a Roma, donde la causa era revisada y la sentencia provincial podía ser revocada. Por esos cautelosos y persistentes pasos, el Papa se las ingenió para mantenerse en un nivel ascendente.
Entonces siguieron otros más ingeniosos dispositivos, todos para el mismo fin. Entre ellos estaba el palio de consagración. El palio era enviado a todos los obispos desde el Papa, al principio como un regalo. Luego fue presentado como indispensable, y que sin éste ningún obispo podría desempeñar las funciones de su oficio. Así, una nueva atadura fue lograda sobre el clero, y un nuevo método inventado para recargar las arcas papales; porque un alto precio fue puesto sobre este místico artículo o vestidura [el palio], el cual era tejido con la lana de los corderos de Santa Inés.
Para el mismo fin fueron impuestas las anatas. Ésta era la suma pagada por los obispos cuando se cambiaban de una sede a otra, una práctica permitida por el Papa por la ganancia que le brindaba. La multiplicación de monjes y frailes tendía al mismo fin. El Papa llamó a la existencia los cuerpos del clero regular para oponerlos al ejército de los seculares. Él actuó basado en la máxima "divide, y conquistarás". Los monjes fueron un freno sobre los obispos; ellos vigilaban sus procedimientos y llevaban su reporte a Roma. Ellos habían adquirido una vasta reputación por la santidad, y la dirección de las consciencias mediante el confesionario estaba principalmente en sus manos. Ellos descubrieron el secreto de amasar riquezas por las artes de la mendicidad. Pulularon sobre Europa, y estuvieron completamente dedicados a los intereses de la sede papal; y si algún obispo se colocaba en oposición al Papa, ellos levantaban tal clamor contra él que rápidamente lo convencían de que no le quedaba otra alternativa sino la sumisión.
Especialmente el monje Inglés Winfrid, quien cambió su nombre a Bonifacio, agrandó el dominio papal. Este hombre es comúnmente pero erróneamente acreditado con la primer Cristianización de Alemania. Investido con la autoridad de legado del Papa, atravesó los países al este del [río] Rin, extirpando las escuelas e iglesias de la fe Evangélica que habían sido numerosamente plantadas en aquella región de Europa por los misioneros Culdee, [nombre que significa adoradores o siervos de Dios por el cual eran conocidos los antiguos cristianos independientes de Roma en las Islas Británicas], de las naciones Irlandesa y Escocesa, substituyendo en su lugar con monasterios y catedrales Romanos. Ese fue el trabajo de Bonifacio; un trabajo bien agradable para Roma, considerando como éste ensanchó grandemente los límites del dominio pontifical.
Entre los eventos de esas desastrosas edades, contribuyendo al crecimiento del poder papal, no menos influyentes fueron las Cruzadas. Ellas despertaron un poderoso arrebato de entusiasmo alrededor de la silla papal. Ellas colocaron poderosos reyes, vastos tesoros, e incontables soldados al servicio del papa. Él tomó bajo su propia administración los estados de aquellos que fueron a pelear por la recuperación de la Tierra Santa; desvinculando a sus propietarios de la jurisdicción del poder civil tanto en causas civiles como criminales. Cuando la furia de las Cruzadas se hubo consumido, se encontró que el espíritu de los príncipes estaba quebrado, sus recursos secados, sus reinos empobrecidos por la pérdida de sus súbditos, y la única institución que hubo usufructuado por el frenesí, fue el Papado, el cual ahora, rebajado todo otro interés, ascendió hasta lo alto en mayor grandiosidad que nunca. Ni fue éste el fin del asunto. La fanática furia que había encontrado su primer temible descarga sobre las llanuras de Siria, fue desviada al regresar hacia la tierra de donde había venido, y allí descargada sin agotarse en esas sangrientas persecuciones y guerras contra herejes, las cuales se ensañarían por siglos en la Cristiandad.
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CAPÍTULO VIII.
El Rey con las Tres Coronas: El Vicario
Las Cruzadas nos han traído al siglo trece. Debemos volver hacia atrás a los siglos ocho y nueve, y notar ciertos cambios políticos que ocurrieron en esas épocas, los cuales contribuyeron con ayuda material para el Papado en el cumplimiento de su destino.
Era la profunda meta del Papa plantar su sede en un lugar donde no debiera sujeción a ningún poder civil. Él deseaba tener un país de su propiedad, tanto como pudiera ser suficiente para mantener su grandeza, y desde donde reinaría como un rey temporal así como un soberano espiritual. Para un asunto así, mucho tiempo y trabajo fueron necesitados. El proyecto era manifiestamente inalcanzable mientras que un emperador reinara en el Occidente, o el monarca Gótico subsistiera en Italia. Pero es extraño decir, los eventos conspiraron para hacer vacío y vacante un lugar donde el Papa podría instalar su soberanía espiritual y temporal combinadas, su tanto tiempo anhelada pero no admitida meta. El primer paso fue el derribo del poder Gótico en Italia por Justiniano. Italia y Roma ahora llegaron a ser una provincia del Imperio de Oriente. La jurisdicción del emperador ausente fue de aquí en adelante sombría y débil; pero sin embargo esa leve restricción fue impacientemente aguantada, y el Papa Gregorio II comenzó a complotar sobre como desembarazarse totalmente de ésta. El conflicto entre las Iglesias del Oriente y el Occidente sobre el tema de la adoración de imágenes estaba entonces arreciando. Los Romanos celosamente mantuvieron la causa de las imágenes. El emperador, con la Iglesia Oriental, estuvieron alistados en la oposición. El Papa Gregorio instigó a los Romanos a rehusar el tributo al emperador. La revuelta fue exitosa; el representante imperial en Ravena fue asesinado, y los últimos vestigios de la jurisdicción del emperador sobre Roma e Italia fueron aniquilados. (Es valioso tener en cuenta, de paso, que los Romanos por su revuelta contra su emperador legal pusieron sus cuellos bajo un yugo que continuó exasperándolos por doce siglos. Ellos no tuvieron éxito en quebrarlo sino hasta 1870).
El Papa estaba ahora en vista de soberanía temporal independiente, pero no la había logrado plenamente todavía. Noticias del norte lo atribularon. Los Lombardos habían cruzado los Alpes, y estaban ya en Ravena. No había poder en la artillería espiritual para detener el victorioso avance de esos fuertes guerreros. En su apuro, el Papa Zacarías tornó sus ojos hacia Pipino [Pipino el Breve], quien, de Gran Comandante, [también Mayordomo del Palacio], pasó a ser Rey de Francia. El Papa no suplicó en vano. Pipino primero, y su hijo Carlomagno después (774), conquistaron a los Lombardos, y dotaron a la silla papal con todas las ciudades y tierras en Italia que habían estado sujetas a la jurisdicción de los gobernantes Griegos. El Papa era ahora coronado monarca.
Esta fue la tercera intervención por las armas en beneficio del Papa, y el tercer poder Gótico que hubo caído delante de él. Primero, los Vándalos se habían establecido en la propia diócesis del Papa, ocupando su predestinado dominio, e impidiendo su predestinado desarrollo. Las armas de Justiniano bajo su general Belisario, los barrieron. Segundo, los Ostrogodos se plantaron en Italia, y su vecindad cercana intimidaba al Papa, y prevenía su expansión. Ellos, también, fueron arrancados por las armas de Justiniano. Finalmente vinieron, como ya lo hemos dicho, los Lombardos, avanzando hacia las puertas de Roma. La espada de Francia los volvió atrás. Así, fue mantenido despejado un territorio en el que el Papa podría desarrollar tanto su soberanía espiritual como temporal; y así fue cumplido lo que Daniel (Daniel 7: 8) había predicho, que de los diez cuernos, o dinastías de la Europa Moderna, tres deberían ser "arrancados" delante del cuerno pequeño, o papado. Sus reinos o coronas fueron dados al Papa, y es probable que en memoria de esos eventos es que llegó a ser una costumbre para el Papa, en los siglos siguientes, presentarse con una tiara. El pastor del Tíber había llegado a ser un monarca con una triple corona.
¿Estaba
ahora contento el Papa? Él se sentaba en medio de príncipes y reyes de la tierra como su igual. Pero ser simplemente igual fue considerado por él como una afrenta a su sobrehumano oficio como representante de Dios. Él aspiraba plantar su trono entre las estrellas, y entonces mirar hacia abajo por encima de todas las dignidades y principados de la tierra. Y hasta esta deslumbrante altura al final treparía.
Entonces se levantó en el siglo once un Papa de vasta capacidad, de inflexible resolución, y encumbrado orgullo: Gregorio VII Hildebrando. Él puso delante del mundo, con una precisión, un atrevimiento, y una fuerza argumentativa, nunca hasta entonces traídos en su apoyo, el reclamo de ser el Vicario de Cristo. Esta fue la piedra fundamental sobre la cual depositó su plan de autoridad y grandeza pontificales. Como Vicario de Cristo, pretendió sobrepasar a todo monarca terrenal en gloria y poder, tanto como el sol sobrepasa en brillo a la luna. Él pretendió, en resumen, ser Dios sobre la tierra. Entonces siguió una serie de papas que lucharon a través de dos horribles siglos de guerra y derramamiento de sangre para convertir la teoría de Gregorio en un hecho. La lucha fue exitosa al final: la mitra triunfó sobre el imperio. El plan de Gregorio VII en toda su amplitud de autoridad y magnificencia y, podemos añadir, en toda su amplitud de despotismo y blasfemia fue exhibido al mundo en la persona y reino de Inocencio III, en el siglo trece. La historia del mundo no muestra otro logro de igual magnitud. La gloria de los Faraones; el estado y poder de los Reyes de Babilonia; las victorias y magnificencia de los Césares, todos palidecen ante esta gran conquista de los Papas. Ahora había llegado el mediodía del Papado; pero, como lo hemos remarcado en otra parte, el mediodía del Papado fue la medianoche del mundo.
La carrera tanto de Cristo como del Anticristo habrían de finalizar sobre un trono; aunque cada uno habría de alcanzar su destinada elevación por un muy diferente camino. No es sino hasta que los encontramos en sus respectivos tronos cuando vemos el paralelismo perfeccionado y completado. Esto lo debemos reservar para un subsiguiente capítulo. Mientras tanto proseguimos con el paralelismo a través de sus sucesivas etapas preparatorias, hasta que alcance este gran clímax.
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CAPÍTULO IX.
El "Todo Poder" de Cristo y del Anticristo.
Avanzamos a otro punto en el paralelismo entre Cristo y el Anticristo. Lo encontramos en los pretendidos milagros por los cuales el Papado ha buscado persuadir al mundo que no era el adversario sino el amigo de Cristo. Esta pretensión de milagros habría de formar una muy prominente característica en el advenimiento del Anticristo como para que fuese dejada de lado en el gran retrato que de él hace Pablo. "Cuyo advenimiento es según operación de Satanás," dice el apóstol, hablando por el Espíritu (2 Tesalonicenses 2:9), "con grande potencia, ["todo poder" en la versión King James], y señales, y milagros mentirosos".
La característica esencial del Anticristianismo, lo hemos dicho, es su asunción de un carácter lo más opuesto a su verdadero carácter. Esto habría de ser un secreto socavador del Cristianismo bajo la ostentación de ser éste mismo el Cristianismo, una mortal guerra empeñada contra Cristo, bajo la audaz aseveración de que él mismo es Cristo. Esto, necesitaba, de parte del Papado, un profundo estudio de la misión y carácter y vida de Cristo, a fin de hacer su imitación tan cercana y perfecta como fuera posible, y así arrastrar al mundo lejos de Él, y detrás de sí mismo. Ella no debería ser una vaga y borrosa resemblanza, fácil de seguir solamente en unos pocos puntos. Si el mundo habría de ser engañado, la falsificación debería ser diestramente ejecutada el trabajo de un gran maestro y debería estar consistentemente sustentada completamente. El antiguo paganismo no fue sino una poco convincente y despreciable falsificación de la divinamente señalada adoración en Jerusalén. El antiguo paganismo, sin embargo, no fue sino un primer intento; y estuvo lejos de haber agotado la ingeniosidad y recursos de su autor. Su sutileza y arte serían puestas a trabajar una segunda vez, y el resultado habría de ser una perfecta y finiquitada falsificación una obra maestra.
"Cuyo advenimiento es según operación de Satanás". Las dos venidas aquí contrastadas decimos contrastadas, porque el paralelismo es solamente en la superficie, por debajo, todo es contraste, y oposición son la venida de Dios en la misión de su Hijo, y la venida de Satán en la misión del Anticristo. Dios es el autor de la verdad, y el modo de su venida es por la propagación de las grandes verdades que despejan las tinieblas de alrededor del alma del hombre, y dan caza a la noche del error del mundo. Satán es el autor de la falsedad; él ha sido un engañador desde el principio, y viene en la propagación de engaños, ardides, mentiras, errores y decepción, los cuales, cegando la mente, solamente preparan a los hombres para ser hundidos en todavía más grandes errores y decepciones.
"Con grande potencia". Marquemos cuán igual habría de ser Cristo en la especial recién señalada "grande potencia". El Anticristo habría de venir con una apropiación de poder, un aire de majestad, como si dijera: "Yo soy el Hijo del Altísimo". ¡Cuán altiva su mirada! ¡Cuán recias sus palabras! Así lo había visto Daniel en las visiones de la noche. "El cual creció mucho", dice Daniel, "al mediodía [el sur], y al oriente, y hacia la tierra deseable." [Daniel 8:9] Él estaba de pie delante del profeta, sus pies plantados sobre la tierra, su cabeza entre las estrellas, reclamando el señorío sobre ambos mundos. "Y engrandecióse hasta el ejército del cielo; y parte del ejército y de las estrellas echó por tierra, y las holló" (Daniel 8:10).
"Toda potestad", dijo Cristo a sus discípulos, "me es dada en el cielo y en la tierra". Este poder fue el don eterno del Padre al Hijo como Mediador. Esgrimió este poder desde el primer momento de su entrada en su obra de mediación. Aunque velado durante los días de su humillación en la tierra, este poder estaba en Él, y se mostró muchas veces en algunos estupendos actos. Los elementos de la naturaleza fueron obedientes a Él, así, también, lo fueron los espíritus de las tinieblas, y no menos los ángeles del cielo. Si hubiera sido necesario, Él había solamente de orar a su Padre, y los escuadrones celestiales se habrían apresurado en su ayuda. Satán pudo reunir bastante de la antigua profecía y los salmos para que le fuera mostrado que tal poder habría de ser el atributo del Mesías. "Le pondré por primogénito, Alto sobre los reyes de la tierra." Así cantó David. "Y dominará de mar a mar, y desde el río hasta los cabos de la tierra. Los reyes de Tharsis y de las islas traerán presentes: Los reyes de Sheba y de Seba ofrecerán dones. Y arrodillarse han a él todos los reyes; le servirán todas las gentes." Tal era la gloria que el inminente Mesías arrojó ante Él en la profecía, edades ante de que viniera. Satán tiene necesidad de enviar su Mesías falsificado con los falsos símbolos y atributos de un poder semejante.
El Anticristo, también, arrojó su sombra delante de él en la profecía antes de su presente advenimiento como el triple coronado jefe del Papado. Daniel había visto su día desde lejos. Cómo lo contempló y habló de él ya lo hemos visto. Con unas pocas gráficas pinceladas pintó la historia entera del Papado. Él la traza desde sus insignificantes comienzos hasta que alcanza su increíble y portentosa altura. Vemos el primer brotar del "cuerno pequeño". Vemos a César dejar vacante su sede; vemos a los "Vándalos", los "Ostrogodos", y los "Lombardos" arrancados delante de él. Lo vemos levantarse por "brincos y saltos", y ahora su cabeza está entre las estrellas. Vemos su "mayor apariencia", oímos sus "grandes palabras", y presenciamos con un miedo bordeando el terror sus truculentos hechos. Él pisotea tronos; arranca naciones, derriba las estrellas de sus órbitas; en fin: él hace todo su placer, y no hay nadie que pueda resistir su poder, o decirle: "¿Qué haces?"
Juan tuvo una vista más de cerca del Anticristo en sus visiones de Patmos. Él, también, igual que Daniel, es sacudido con su poderoso y aparentemente irresistible poder, y hace prominente este atributo en su retrato de él. Juan había conocido la vasta prerrogativa de los emperadores Romanos; pero allí estaba una medida de poder que sobrepasaba la de los antiguos "amos del mundo", y que aparecía ante el apóstol como más que humana. De hecho, él expresamente lo llama el "don" del "dragón". "El dragón le dio su poder". Lo que el dragón dio al Anticristo no era el poder del antiguo imperio Romano, sino su propio poder es decir, el poder del dragón. "Y adoraron al dragón que había dado la potestad a la bestia" es decir, a la monarquía temporal y espiritual que forma el Papado. "Y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién es semejante a la bestia, y quién podrá lidiar con ella?" "También le fue dada potencia sobre toda tribu y pueblo y lengua y gente" (Apocalipsis 13: 2,4,7).
En su oración intercesora encontramos a Cristo diciendo: "Padre, la hora es llegada; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; como le has dado la potestad de toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste." El poder que aquí se dice que es dado al Hijo sobre toda carne no fue su poder como Dios. Que no podía serle dado, porque Él lo poseía inherentemente. Fue su poder como Mediador, y la finalidad para la cual fue dado es hecha notar especialmente: "para que dé vida eterna a todos los que le diste." (Juan 17:1, 2).
De igual manera el poder "sobre toda tribu y pueblo y lengua y gente" que el dragón dio al representante que él envió al mundo, fue un don; y le fue dado para un fin draconiano, [aterrador]. Y, por consiguiente, ni bien es conferido este poder, oímos un coro de adoración ascendiendo al dragón de todos los que habitan sobre la tierra: "cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero, el cual fue muerto desde el principio del mundo", (Apocalipsis 13:8). Un obvio contraste con la compañía mencionada en la oración intercesora de nuestro Señor: "los que me diste". Y, luego, en acompañamiento de la adoración ofrecida por aquellos que han hecho al dragón su dios, está el rugir de blasfemia que se oye levantarse y dilatarse hasta el cielo. Le es dada al Anticristo una boca, y la apertura de su boca es como la apertura de las puertas del abismo; de allí salen "grandes cosas y blasfemias". "Abrió su boca en blasfemias contra Dios, para blasfemar su nombre, y su tabernáculo, y a los que moran en el cielo". Y la escena encuentra conveniente resultado en la proclamación de "guerra" contra los santos, la cual continúa siendo llevada adelante a través de todo su predicho término de poder.
Sí, verdaderamente, la profecía no comete yerros. Y la historia no comete ninguno en interpretarla. El que "tiene entendimiento" puede interpretar las visiones que fueron vistas en las orillas del "río Ulai" y en la "Isla de Patmos", en los eventos que han desde entonces pasado sobre Europa. Abramos el rollo de la Cristiandad. Inspeccionemos sus edades desde el quinto al decimoquinto siglo. Somos conscientes al principio de contemplar solamente el caos. La multitud de actores y los conflictos de eventos no hacen sino distraer y dejar perpleja la mente. Europa es un océano arremolinado en el cual las antiguas naciones se están hundiendo, y nuevas y bárbaras razas están arribando para tomar su lugar. No podemos descubrir unidad ni progreso en el drama; todo es tumulto y oscuridad. Cerremos el rollo. Pero un momento, antes de ponerlo lejos, examinémoslo otra vez, y, puede ser que encontremos huellas en esas grandes aguas. La nube comienza a levantarse, y el orden a aparecer. La efervescencia en las mentes de los hombres da nacimiento a un gran sistema, aunque todavía sin forma o nombre. Los materiales de los cuales este sistema, no todavía constituido, está compuesto, son extraídos de una gran variedad de fuentes. Antiguo Paganismo, superstición Druídica y Escandinava, Rabinismo Judío, y filosofía Oriental, todo contribuye con su parte al mismo. Una "Iglesia" corrupta arregla, combina y concatena esos elementos heterogéneos, y estampándolos con su propia impronta, los presenta al mundo como Cristianismo.
La nueva adoración debe tener celebrantes. Una agencia humana reunida alrededor de esto, y esa agencia viene gradualmente a ser compendiada y personificada en una gran personalidad.
Notemos a este Coloso. Su cara crece a medida que los siglos se suceden, y viene finalmente a mirarnos, clara y recia y terrible; pero no es nueva. La hemos visto antes. Es la misma que nos miró desde las profecías de Daniel y Juan. Es la misma que se muestra encarnada en los Papas de la Edad Media. Notemos cuán completa y perfecta encarnación tenemos de ella en Inocencio III, en quien el papado llegó a su pleno crecimiento, y se mostró al mundo en toda su sobrehumana magnificencia y grandeza. Durante el terrible pontificado de este hombre todo lo que la profecía había hablado del Anticristo fue verificado en su más plena medida. Su predicha altura de arrogancia, de blasfemia y de dominación fue alcanzada. Mientras este poderoso Papa estaba de pie sobre la Cristiandad, ella estaba con temor. Los golpeados reyes y naciones acobardados debajo de él. Él era representante de Dios, y pretendió ser obedecido con la instantánea y profunda sumisión que es debida al Rey Eterno. Él promulgó el dogma de la transubstanciación; él inició el "santo" oficio de la inquisición; él lanzó las cruzadas contra la herejía y los herejes, y repartió sus rayos de entredichos, [prohibiciones a la participación de los "sacramentos"], y excomuniones en toda la Cristiandad, y más allá de ella, aplastando a cada uno y a cada cosa que osara levantar su talón contra su voluntad pontifical. Si éste no es el Anticristo, entonces nunca podremos ver al Anticristo; porque ¿qué más podemos tener de cualquier profecía que un completo y perfecto cumplimiento? Y éste es un completo y perfecto cumplimiento de la profecía del poder y orgullo del Anticristo.
El "poder" del "Hombre de Pecado" vendrá otra vez ante nosotros más adelante; entretanto pasamos a otro punto en el paralelismo.
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CAPÍTULO X.
"Señales y milagros" de Cristo y del Anticristo
Esta habría de ser una notable característica del Anticristo, "cuyo advenimiento", dice el apóstol (2 Tesalonicences 2:9), "es con ... señales, y milagros mentirosos". Esas palabras fueron acomodadas para dirigir los ojos de los primeros Cristianos hacia atrás hacia la profecía de Daniel, en la cual esto había sido predicho del Anticristo quien "hizo cuanto quiso, y sucedióle prósperamente." (Daniel 8:12). La frase es sugestiva de que se impone por artes engañosas sobre los sentidos y entendimientos de los hombres, y así gana ascendiente sobre ellos. De igual significado es la frase que ocurre luego en el versículo 25 en el mismo capítulo: "Y con su sagacidad hará prosperar el engaño en su mano". Todavía más claro sobre este punto son las profecías de Juan, aún no dadas, es verdad, pero que habrían de cerrar el volumen de la inspiración, y serían la guía de los Cristianos en la siguiente era [desde el segundo siglo], en su perspectiva del Anticristo. La pretensión de obrar milagros está aquí asentada como una de sus marcas más notables.
"Y hace grandes señales", dice Juan, hablando de la segunda bestia u organización eclesiástica del Anticristo, "de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres. Y engaña a los moradores de la tierra por las señales que le ha sido dado hacer" (Apocalipsis 13:13, 14). Esto está en pleno acuerdo con Pablo, quien ya ha advertido a la iglesia primitiva que el Anticristo haría su aparición como un obrador de milagros.
Reflexionemos sobre cuán imperativo era para el Anticristo que pretendiese el poder de hacer milagros. Si él hubiera venido como un abierto enemigo, no habría tenido necesidad de pretender tal poder; pero, viniendo como el substituto y vicario de Cristo, él debería necesariamente en este como en otros puntos, imitar a aquel de quien profesa ser el vicario y sustituto.
El advenimiento de Cristo estuvo señalado por poderosas señales y maravillas. La gloria del milagro ilustró cada paso de su progreso a través de los pueblos y villas de Galilea y Judea. Los antiguos profetas habían realizado milagros, pero en ninguno de ellos fue vista la misma abundancia de poder milagroso como en Cristo. Como la luz de las estrellas, así fue el poder en los profetas, pero como la luz del sol, así fue el poder en Cristo. Cuando Él pasaba a través de las multitudes de hombres afligidos la virtud fluía de Él, y el "tocar el borde de sus vestidos", u oír los acentos de su voz, era para ser sanados. Visión le fue dada a los ciegos, oído a los sordos, fortaleza fue infundida a los marchitos miembros, la razón fue devuelta en el cerebro de los maníacos, y el pulso en el cual la fiebre latía y quemaba llegó a ser calmo y frío a su palabra o a su toque. Aun la tumba reconoció su poder, y abrió sus puertas en obediencia a sus emplazamientos. Y devolvió sus habitantes al mundo de los vivientes. Tales fueron las "señales y milagros" que anunciaron el advenimiento y atestiguaron el Mesianismo de Jesús de Nazaret.
El Papado, como el Vice-Cristo, tenía que, en igual manera, buscar anunciar su advenimiento, y certificar su misión por la realización de "señales y milagros". Escaso es el milagro registrado del Hijo de Dios que la Iglesia de Roma no profese haber efectuado. Ella pretende haber abierto ojos ciegos, haber destapado oídos sordos, haber curado fiebres, convulsiones febriles, parálisis, locuras, haber arrojado afuera demonios, haber alejado pestes, detenido las devastaciones de la plaga, y hecho cosas que sería demasiado tedioso mencionar. Extendiendo todavía más allá la esfera de sus milagrosas operaciones, ella ha entrado al reino del sepulcro y mostrado que allí también esgrime el poder por pretender dar vida a los muertos. Ciertos de sus "santos" han poseído el "don de milagros" en un grado eminente, y sus "vidas" son un largo registro de prodigios y maravillas. Ellos han secado ríos, caminado sobre las ondas del océano, y aquietado tempestades. Los ángeles han descendido a ministrarlos, y estrellas sobrenaturales han brillado para guiarlos en la oscuridad. En resumen, la Iglesia de Roma pretende haber ejercido el mismo poder ilimitado de Cristo, tanto sobre el mundo visible como el invisible, y haberle imitado a Él en todas las cosas, excepto la mansedumbre de su espíritu, la pureza de su doctrina, y la santidad de su vida.
El Papismo profesa, también, obrar maravillas espirituales aquellos divinos y salvíficos cambios del corazón y el alma del hombre que el Cristianismo logra, y que es sólo la prerrogativa del Cristianismo lograr. La Iglesia de Roma profesa regenerar en el bautismo el alma, y cambiar el destino eterno del bautizado. Por el ungimiento con aceite, ella llena a los hombres con el Espíritu Santo, por sus sacramentos los colma con gracia; por la ordenación ella pasa por encima de dieciocho siglos y une a los sacerdotes a Pedro. Cinco palabras habladas en el altar cambian el pan y el vino en el cuerpo y sangre de Cristo. Dos palabras articuladas en el confesionario efectúan el perdón del "penitente", el viaticum da seguridad al hombre, encaminando su viaje final, para que pueda encontrar las puertas del Paraíso abiertas para darle la entrada entre los benditos. Esos son poderosos milagros. Es así como el falso Cristo ha llevado adelante la guerra contra el verdadero Cristo.
Pero un simple término es lanzado con el cual el hechizo se quiebra efectivamente, y se disuelve el poder de esas maravillas sobre todos aquellos que no desean sujetarse a su ilusión. El "misterio de iniquidad" habría de venir con "milagros mentirosos", una sumamente esencial diferencia, que llega a ser el todo para advertir a quienes tienen una mente para que no sean engañados para su eterna perdición.
Los milagros de Cristo fueron hechos a la luz del día, en la presencia de miles que pudieron examinarlos y someterlos a pruebas infalibles, y, que habiéndolo hecho así fueron forzados a concluir que o el milagro era verdadero, o sus sentidos eran falsos. De aquellos que los vieron hacerse no unos pocos fueron los más amargos enemigos de la persona que los realizaba, y habrían estado gozosos de encontrar que eran embustes, y no serían lentos en proclamar la impostura al mundo; y sin embargo esos milagros permanecieron sin ser contradichos. Ninguno en toda la nación de los Judíos se aventuró a negar la verdad de ningún milagro de Jesús. Lo más lejos que la malevolencia y la calumnia estimaron prudente ir fue insinuar que el milagro había sido hecho por el poder Satánico. La réplica a la acusación dada en el lugar, y el tiempo, fue tan concluyente como elevada, y no ha perdido nada de su fuerza aun ahora: "¿Puede Satanás echar fuera a Satanás?".
Pero hagamos notar cuanto se diferencia esto de las otras clases de milagros, y cuán carentes son ellos de esa indudable evidencia que atestiguaba la misión del Hijo de Dios. No hay uno de ellos, [de los milagros engañosos de Roma], que pueda mantener su pretensiones como un hecho verdadero delante de un tribunal de jueces imparciales e instruidos. Algunos de esos milagros fueron evidentemente embustes para aquellos en cuya presencia fueron hechos. Últimamente muchos impresionantes descubrimientos han sido hechos de la mecánica con la cual esos "milagros" se hicieron. Muchas de esas maravillas no fueron publicadas al mundo sino hasta algunos cientos de años después del tiempo en que fue dicho que habían sido realizados. Sus obradores parecerían haber estado sin aspiraciones de fama en vida, viendo que ellos ocultaron su luz bajo un canasto. Y algunos de esos milagros son tan pueriles que es un insulto a nuestro entendimiento que se nos pida creer que Dios alguna vez interpuso su poder para obrar tales hechos. La profecía les ha dado el nombre correcto antes de que fueran hechos: Ellos son milagros mentirosos.
Las realizaciones Espirituales de la Iglesia de Roma son enfáticamente "milagros mentirosos". La regeneración bautismal es un milagro mentiroso, la gracia sacramental es un milagro mentiroso, el poder sacerdotal es un milagro mentiroso, la absolución del Confesionario es un milagro mentiroso, la transubstanciación es el más grande milagro y el más grande engaño de todos, y la extremaunción es un último y fatal engaño. No hay realidad detrás de ninguna de esas cosas, y ellas son las que más han de ser deploradas, las que tienen referencia al mundo eterno, y que millones toman su partida a ese mundo confiando plenamente en esas mentiras para salvación.
Hagamos notar el paralelismo. Es a la vez un paralelismo y un contraste. El Evangelio vino en medio de la refulgencia de milagros reales que fueron hechos por Dios, y fueron un testimonio Divino para el Mesianismo de su Hijo. El Papismo vino en medio del lóbrego y engañoso destello de falsos milagros, los cuales fueron hechos por Satán, y que fueron su firma personal, brindando testimonio a todos de que el sistema en representación del cual fueron hechos era el "Misterio de Iniquidad".
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CAPÍTULO XI.
Las "señales y milagros" de Terror del Anticristo.
Hay otra clase de milagros que el Papado profesa hacer, y que son de una naturaleza para nada inocente e inofensiva, al igual que tampoco lo eran aquellos enumerados arriba. Aunque igualmente falsos, ellos adeudan el terror que inspiraron y el sufrimiento que infligieron ante la creencia de que eran verdaderos y reales. Hablando del cordero de dos cuernos como la bestia de la tierra, Juan dice: "Y hace grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres." (Apocalipsis 13:13).
La profecía encuentra un impresionante cumplimiento en los entredichos papales y excomuniones tan frecuentes en la Edad Media y no desconocidas aun en nuestro propio día. Esas ebulliciones de venganza pontifical, fue pretendido, fueron fuego del cielo, el fuego de la ira de Dios que el Papa tenía poder de invocar, a fin de consumir sus enemigos. Las enceguecidas naciones creyeron que en la voz del Papa oían la voz de Dios, y que las fulminaciones del Vaticano fueron los truenos y rayos de la ira Divina. Una excomunión papal era más temible que la invasión de miles de hombres armados. Cuando era lanzada contra un reino qué consternación, miseria, y lamentos se extendían sobre él. El curso entero de la vida era instantáneamente detenido. Las luces eran extinguidas en el altar; las puertas de las iglesias eran cerradas; las campanas no serían tañidas; los matrimonios eran celebrados en los cementerios; y los muertos enterrados en zanjas. Los hombres no osaban hacer fiesta, porque un sentido de fatalidad pesaba sobre sus espíritus. Esos terribles edictos perseguían a los hombres hasta el otro mundo, y las almas que arribaban desde el infeliz reino con la maldición papal pendiendo sobre ellas encontraban las puertas del paraíso cerradas, y tenían que esperar desesperadas hasta que placiera a la divinidad de las Siete colinas levantar su sentencia. Así causó el Papado que el "fuego" cayera desde Dios desde el cielo, y los hombres, creyéndolo ser real fuego, fueron achicharrados por el mismo. En los días del Rey Juan, Inglaterra permaneció bajo entredicho por más de seis años.
Aun para el más poderoso soberano la excomunión papal era un asunto temible. Él se convulsionaba y temblaba sobre su trono porque su ejército no podría darle protección; estaba bien, de hecho, si tanto soldados como súbditos no se unían para poner en práctica los requerimientos papales sacándolo de su reino, si algún monje fanático, por el más rápido despacho de la daga, les quitaba el problema. La historia Europea suministra una lista de más de sesentaicuatro emperadores y reyes depuestos por los Papas. En ese número están Enrique II de Inglaterra, depuesto por Alejandro III; el Rey Juan, por Inocencio III; Ricardo y Eduardo, por Bonifacio IX, Enrique Octavo, por Clemente VII, y de nuevo por Pablo III; Elizabeth, por Pío V. Aun el Rey Roberto Bruce tuvo esta terrible maldición lanzada contra él, pero gracias al elemento Culdee todavía fuerte en Escocia, el Rey Roberto y sus súbditos tomaron la fulminación del Papa como un brutum fulmen, y así no los dañó. Casi todas las bulas contra cabezas coronadas han contenido cláusulas despojándolas de sus territorios, y facultando a sus reyes vecinos a invadirlos y tomarlos; e influenciados en parte por un deseo de servir al Papa, y en parte por la codicia de lo que no era suyo, ellos no se demoraban en actuar en base a la permisión papal.
Como una muestra del estilo altivo de esas fulminaciones la boca que habla grandes cosas damos la Bula de Excomunión publicada por Sixto V (1585) contra el Rey de Navarra y el Príncipe de Conde, a quienes llama los "dos hijos de ira". Ésta dice así: "La autoridad dada a San Pedro y sus sucesores por el inmenso poder del Rey eterno sobrepasa todo el poder de los príncipes terrenales: comunica soberana sentencia sobre todos ellos, y si encuentra a alguno de ellos resistiendo la ordenanza de Dios, toma una más severa venganza sobre ellos, abatiéndoles desde su trono, sin importar lo poderosos que ellos puedan ser, y derrocándolos a las partes más bajas de la tierra, como a ministros del ambicioso Lucifer. Nosotros los privamos a ellos y a su posteridad de sus dominios para siempre. Por la autoridad de estos dones nosotros absolvemos y libramos a toda persona de su juramento de lealtad, y de todo deber cualesquiera, relacionado al señorío, fidelidad, y obediencia, y nosotros les acusamos y prohibimos a todos ellos de presumir obedecerles, o a alguna de sus admoniciones, leyes, o mandatos".
Los Romanistas mismos han elegido la misma figura de Apocalipsis, "fuego del cielo", para designar las excomuniones Papales y anatemas. Así, Gregorio VII habló del Emperador Enrique IV cuando lo excomulgaba como de "golpeado con trueno" (Afflatum fulmino -Danburg, 587). Al mismo efecto es el relato de la excomunión del Emperador Federico por el Papa Inocencio en el primer Concilio de Lyon: "Estas palabras de excomunión, articuladas en medio de este concilio, golpearon a los oyentes con terror como lo harían los centelleantes rayos. ¡Cuando con velas encendidas y arrojadas, el Señor Papa y sus prelados asistentes centellearon su fuego relampagueante terriblemente contra el Emperador Federico, ahora no más a ser llamado emperador, sus procuradores y amigos rompieron en un amargo lamento y golpearon sus muslos o pechos en aquel día de ira, de calamidad y de dolor! (Harduin, vii 401).
Fue en los días de Gregorio VII que los cielos papales comenzaron así a tronar e iluminar. La primer explosión de la tempestad continuó por alrededor de doscientos años, cayendo su furia principalmente sobre reyes rebeldes. Cuando los reyes fueron sometidos la tormenta fue seguidamente dirigida contra las he