TRASTORNOS MENTALES

El capítulo de trastornos mentales orgánicos plantea algunos problemas a nivel conceptual, con respecto a los modelos aplicados a la tradicional dicotomía cerebro-mente así como con las hipótesis etiológicas subyacentes a las distintas nosografías.
Las definiciones y clasificaciones de uso más extendido hoy en día, caracterizan estos trastornos como conjuntos de signos y síntomas psíquicos y comportamentales (síndrome mental orgánico), cuya etiología es demostrable y se refiere a una disfunción transitoria o permanente del cerebro. Esta disfunción puede ser primaria o secundaria. En el primer caso se trataría de enfermedades, lesiones o daños que afectan al cerebro de un modo directo o selectivo. En el segundo, enfermedades y trastornos que afectando a diversos órganos o sistemas tienen una consecuencia disfuncional del cerebro.
Con el término orgánico no se pretende excluir la existencia del substrato cerebral del resto de los trastornos psiquiátricos. Significa que el síndrome clasificado como tal puede ser atribuido a un trastorno o enfermedad cerebral o sistémica diagnosticable en si misma.
El término trastorno mental orgánico no es muy usado en el DSM-IV, ya que podría entenderse incorrectamente que los trastornos mentales “no orgánicos”, carecen de una base biológica. En el DSM-IV los trastornos antes llamados “trastornos mentales orgánicos” se han agrupado en tres secciones: 1) delirium, demencia, trastorno amnésico y otros trastornos cognoscitivos; 2) trastornos mentales debidos a una enfermedad médica, y 3) trastornos por consumo de sustancias.
Si observamos las distintas clasificaciones DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales) vemos los siguientes cambios a nivel terminológico:
• DSM-I (1952): Síndrome cerebral orgánico
• DSM-II (1968): Síndromes orgánicos cerebrales
• DSM-III (1987): Trastornos y síndromes mentales orgánicos.
• DSM-IV (1994): Demencia, delirium y síndrome amnéstico. Trastornos Mentales secundarios a patología médica general.
Delirium
Evolución histórica del concepto de delirium
Existe una gran confusión con respecto a la definición de delirium. El concepto de Delirium ha ido evolucionando a lo largo de casi tres milenios, desde que Celsus acuñó el término De Lira 100 A.C (Lipowski 1991). Durante un tiempo, el término delirium fue utilizado en dos sentidos diferentes: por un lado, como sinónimo de insanidad en general y por otro como referencia a un síndrome agudo asociado, casi siempre, a procesos febriles.
Hacia el siglo XIX el concepto de delirium fue ligado con el trastorno de conciencia, siendo el delirium una manifestación clínica de dicho trastorno. Otro término ligado al de delirium en esa época, fue el de confusión. Este término, quizás un poco impreciso y ambiguo, se refería a la incapacidad para pensar de forma lógica y coherente, con trastornos de memoria y de la percepción asociados.
Hoy en día se utilizan los términos Estado Confusional Agudo o Delirium de entre los casi 30 sinónimos existentes, siendo concretamente el segundo el más usado. En 1980 el delirium se incluye en la nomenclatura estandarizada (DSM-III) de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA), inicialmente como un trastorno de la atención y en la última revisión (DSM-IV) como un trastorno de la conciencia.
Aunque el concepto de delirium se ha ido modificando y ha llegado a alcanzar una relativa claridad, consistencia y uso clínico, su definición aún no está establecida, emitiéndose diagnósticos basados en consensos de grupos de expertos (CIE-10, DSM-IV).
Demencia
El concepto de demencia deriva del latín “de” (privativo) y “mens” (inteligencia). Dicho término ha seguido una evolución inversa en comparación a la de la mayoría de los términos psiquiátricos, de manera que ha pasado en apenas 150 años de designar de una manera general a cualquier trastorno mental grave, a circunscribirse a un síndrome adquirido caracterizado por el déficit de las funciones cognitivas.

Trastornos amnésicos
Los trastornos de este apartado se caracterizan por la presencia de una alteración de la memoria que puede ser debida tanto a los efectos fisiológicos de una enfermedad médica como a la acción persistente de sustancias. Estos trastornos comparten una sintomatología característica cuyo rasgo más prominente es el deterioro de la memoria. La diferenciación vendrá dada por la etiología del trastorno.
El síndrome amnésico se ha definido como una alteración de la memoria permanente, estable y global, debida a un trastorno orgánico cerebral en ausencia de otros déficits perceptivos o cognitivos. Dentro de la amnesia, pueden diferenciarse dos tipos de trastornos de memoria, que varían en gravedad y extensión, pero que se hallan, generalmente, de forma conjunta:
Amnesia anterógrada: también llamada amnesia de fijación. Se refiere a la incapacidad para aprender nueva información tras la aparición del trastorno (generalmente orgánico) que dió lugar a la amnesia. El paciente parece olvidar al mismo ritmo que se suceden los acontecimientos. Afectará por definición a la memoria reciente. Suele ser reversible en amnesias postraumáticas y algunos síndromes de Korsakoff e irreversible en demencias avanzadas.
Amnesia retrógrada: afectación de la capacidad de evocar información y sucesos bien establecidos antes del inicio de la enfermedad. La amnesia retrógrada afecta hechos y episodios, particularmente aquellos que están cerca del momento en el que se produjo la amnesia. Según la ley de Ribot, estos recuerdos se perderían en orden inverso al momento de su adquisición. Es decir, primero desaparecerían los recuerdos más próximos en el tiempo, y en último lugar los más remotos (recuerdos de la infancia). Puede abarcar incluso períodos de quince años antes del episodio. El síndrome amnésico puede acompañarse de apatía, falta de iniciativa y espontaneidad. La inteligencia, capacidades práxicas, gnósicas, lenguaje y abstracción suelen estar preservadas (Junqué y Barroso, 1997).
Los trastornos de memoria tienen una gran importancia clínica, ya que a menudo es un signo clínico que puede indicar la existencia de un trastorno cerebral subyacente. De hecho pueden ser uno de los indicadores más sensibles de disfunción y daño cerebral. La amnesia puede aparecer por una lesión puntual en un sitio específico del cerebro, como el tumor localizado en algunos de los lóbulos del cerebro o puede causarla la lesión que ocurre en uno de los lóbulos cerebrales a consecuencia de un traumatismo en el cráneo. Otra causa de amnesia puede ser una enfermedad que afecte globalmente el cerebro, como los daños en las neuronas que deja la demencia de Alzheimer o los daños causados por las múltiples trombosis cerebrales causadas por enfermedades generales como la hipertensión arterial no tratada, la diabetes mellitus no controlada, etc. En el caso de las enfermedades degenerativas del sistema nervioso (la enfermedad de Alzheimer, por ejemplo), la memoria es una de las funciones cognitivas que está más alterada, aunque no lo está de forma exclusiva, sino que se acompaña de una afectación intelectual más generalizada y por este motivo no entra dentro del concepto de amnesia pura. Las intoxicaciones por fármacos o drogas son otra causa de la afectación cerebral que se manifiesta con problemas de memoria.
En líneas generales, la amnesia como síndrome global e irreversible es raro, ya que hacen falta extensas lesiones bilaterales del sistema límbico, de las estructuras diencefálicas o del cerebro basal anterior para que se produzca, siendo poco frecuente esta situación en la patología neurológica.
Otra situación distinta la constituye la disminución de la capacidad de memorizar sin que esta suponga una pérdida grave fácilmente objetivable. Los pacientes con diversos trastornos neurológicos, algunos pacientes psiquiátricos así como personas de edad avanzada, muy frecuentemente se quejan de dificultades de memorización. En estos casos, la pérdida de memoria puede ser debida a la degeneración parcial de las estructuras implicadas en la memoria en cuestión, no obstante, siempre con una pérdida funcional inferior a los casos graves que se han comentado anteriormente. Precisamente, la memoria puede considerarse como una de las funciones cognitivas más vulnerables, dado que puede alterarse como consecuencia de la mayoría de las disfunciones del sistema nervioso central. En la misma línea, la memoria experimenta de forma marcada el efecto de la pérdida de plasticidad cerebral producida por el paso de los años, de forma que su involución puede hacerse notoria a partir de la tercera década de vida del hombre, de forma similar a lo que ocurre con otras funciones físicas corporales.

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