AUTORES

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Índice:

 

Platón

Virgilio

Dante

"Los Manriques"

Boscán

Shakespeare

Cervantes

Gracián

Goethe

Robespierre

Shelley

Poe

Sarmiento

Gorriti

Dostoievsky

Baudelaire

Valéry

Jarry

Apollinaire

Pessoa

Anónimo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Platón

 

 

 

 

 

 

Si hemos de creer en el Dr. Carlos Saúl Menem, es posible hallar, en cualquier librería de Buenos Aires, las Obras Completas de Sócrates, y es posible también leerlas en alguna noche tormentosa, junto al calor de unos leños, con una vaporosa pipa entre los labios y un puntual sabueso echado a los pies.

Este personaje ominoso (Sócrates, no Menem), cuya obra completa frustrará los esfuerzos del más comedido buceador de librerías, es, quizá, la mayor creación del mayor (según los entendidos) filósofo de la antigüedad: Platón (428-347 a.C.), cuyo verdadero nombre era Aristocles (Platón es sólo un mote que significa "espalda ancha", imprescindible para cargar con la pesada responsabilidad que le legó la historia).

Aristócrata visceral y prejuicioso, expresó sus ideas políticas en "La República", trabajo que preanunciaba el advenimiento de una sociedad perfecta, gobernada por un filósofo rey (o un rey filósofo) y que fracasó estrepitosamente cuando se la pretendió llevar a la práctica en Sicilia, bajo el amparo de Dionisio el Joven, hijo de Dionisio I de Siracusa.

Lo básico de su doctrina parece extraído de una estupenda ficción novelesca y reconoce sus antecedentes en Pitágoras y en el quietismo de los eleatas: Dos mundos especulares; uno (ficticio, confesémoslo, enteramente imaginado por él) habitado por arquetipos eternos e inmutables; otro (el real, el de todos los días, en el que hay alegría y también pena) afantasmado y defectuoso: un mero reflejo del anterior. (Concretamente, la exacta inversión de lo que la realidad es, aun cuando, no obstante, quizá toda la metafísica y hasta la filosofía entera, no sea otra cosa que un juego de apariencias.) Supongo que este destartalado mundo que habitamos debe ser lo suficientemente infame como para que necesitemos justificarlo, con el pretexto de una degradación esencial, sin que nos atrevamos a admitir nuestra culpable responsabilidad en su progresiva degeneración y en sus viles anomalías.

Platón escribió una treintena de diálogos. En ellos, Sócrates se hace eco de una doctrina que le era casi por completo ajena. El texto seleccionado pertenece al "Teeteto", una obra algo tardía de su producción y notable ejemplo del estigma que desde el vamos persiguió a los filósofos.

Su enseñanza perdura en todas las formas del idealismo, en la psicología, en la mística (Swedenborg, por ejemplo, afirmaba que lo que está abajo es espejo de lo que está arriba), en la doctrina musulmana (el Corán arquetípico, la madre del libro, está escrito en el cielo), en el postmodernismo, en la película Matrix y en muchos otros lugares, más de los que una mirada superficial se atrevería a suponer.

Su discípulo más aventajado fue Aristóteles, quien, con sospechosa premura, no tardó en abjurar de los preceptos heredados del maestro.

 

 

TEETETO (174a4-b3. Ed.Burnet)

 

SW. Wsper kai Qalhn astronomounta, w Qeodwre,

kai anw bleponta, pesonta eix jrear, Qratta tix

emmelhx kai cariessa qerapainix aposkwyai wx

ta men en ouranw proqumoito eidenai, ta d emprosqen

auton kai para podax lanqanoi auton . tauton de

arkei skwmma epi pantas osoi en jilosojia diagousi.

tw gar onti ton toiouton o men plhsion kai o geitwn

kelhqen, ou monon oti prattei, all

oligou kai ei anqrwpox estin h ti allo qremma (...)

 

 

 

SÓCRATES: Se argumenta que, así como le ocurrió a Tales, que por mirar el cielo se precipitó a un pozo (con lo cual se ganó la burla de una bella muchacha tracia, que observó que por prestarle atención a las cosas del cielo no reparaba en lo que estaba delante de sus pies), así les sucede a los filósofos, los que no sólo son ajenos a lo que hace su vecino más próximo, sino que, además ni siquiera advierten si se trata de un hombre o de algún otro animal (...)

 

 

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Virgilio

 

 

Cuando poco antes de morir, el 3 de junio de 1924, Franz Kafka le pidió a su amigo y albacea, Max Brod, que destruyera todos sus manuscritos inéditos, estaba actualizando, quizá sin saberlo, aquel mismo libreto que en el año 19 a.C. había escrito Publio Virgilio Marón.

Naturalmente, en ninguno de los dos casos esos deseos de purificación fueron respetados, permitiendo así que el tiempo, que por un secreto azar desgasta o celebra, conserve para nosotros "El Castillo", "El Proceso" y ese inconcluso experimento épico (épico-bíblico, si se quiere) llamado "Eneida".

Virgilio nació en Andes, a mediados de octubre del año 70 a.C. De familia de campesinos de buena posición, pudo estudiar en Cremona, en Milán, en Roma y en Nápoles.

Cultivó con esmero la amistad de Horacio y con interés la de Octavio Augusto y la de Mecenas. Debe gran parte de su asombrosa fama a su inclusión como lazarillo de Dante en "La Divina Comedia".

El alemán Klabund (+ 1928), en su retocadísima "Historia de la Literatura" (que, dicho sea de paso, tiene referencias a él mismo, además de sorprendentes alusiones al "Romancero Gitano", de Lorca; a "La Rebelión de las Masas", de Ortega y Gasset; y a "La Ópera de Cuatro Cuartos", de Brecht), descerraja esta escéptica sentencia: "Únicamente por la adopción del latín como lengua de la Iglesia, en la Edad Media, se comprende que espíritus de segundo orden, como Plauto, Virgilio y Cicerón, hayan logrado influir de tal manera en la posteridad".

Como todo clásico, abrevó en obras de otros clásicos para confeccionar las propias. Bajo la inspiración de Teócrito surgieron las Églogas; bajo la de Hesíodo, las Geórgicas; bajo la de Homero, la Eneida.

A esta última pertenecen los fragmentos elegidos para estos apuntes.

 

 

ENEIDA (Fragmentos)

 

Dolus, an virtus, quis in hoste requirat?

(En. II)

 

Ut me conspexit venientem et Troia circum

Arma amens vidit; magnis exterrita monstris,

Diguit visu in medio: calor ossa reliquit;

Labitud, et longo vix tandem tempore fatur.

(En III)

 

Nam Pater omnipotens, aliquem indignatus ab umbris

Mortalem infernos ad lumina surgere vitae,

Ipse repertorem medicinale talis, et artis,

Fulmine Phoebigenam Stygias destrusit ad undas.

(En. VII)

 

Multa dies, variusque labor mutabilis aevi

Rettulit in melius; mutos alterna revisens

Luisit, et in solido rersus fortuna locavit.

(En. XI)

 

 

¿Qué se nos exigirá ante el enemigo, astucia o bravura?

 

Cuando me ve venir con las armas de Troya,

Enloquece y experimenta un monstruoso espanto,

Mira en derredor, arden sus huesos, caen sus despojos,

Y sólo puede recobrarse largo tiempo después.

 

El Padre omnipotente, indignado de que un mortal

Surgiera de las tinieblas del infierno hacia la luz de la vida,

Fulminó con su rayo al creador del arte de la medicina

Y aniquiló al hijo de Febo, lanzándolo a las olas estigias.

 

Los diversos trabajos y días provocan cambios

En la breve vida, y la fortuna suele alternar

Parejamente, los honores y los reveses.

 

 

 

 

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Dante


 

A comienzos del siglo XIV, cuando Dante Alighieri emprende la confección de su Comedia, abraza, con revanchismo y con furor, la causa gibelina. Y eso explica muchas cosas: Explica sus amenazas a los gobernantes de Florencia. Explica su amistad con Can Grande de la Scala. Explica su simpatía por el bando blanco que se unió a los Cerchis en contra del papa Bonifacio VIII. Explica su libro De Monachia. Pero de ningún modo explica la obra que lo haría inmortal.

El infierno, el purgatorio y el cielo; la elección del terceto y el uso de la alegoría, remiten inevitablemente a la Trinidad, al catolicismo y al dogma; remiten a su indeleble pasado güelfo, del que en vano trató de abjurar.

En el poema, el autoritarismo y la arbitrariedad determinan el reparto de los premios y de los castigos: admira a Virgilio y por eso lo hace su guía; a los poetas clásicos, sus colegas -Homero, Horacio, Ovidio, Lucano- en general les va más o menos bien, y les depara un infierno benévolo (están privados del reino de Dios a causa de no haber pasado por un imposible sacramento bautismal); a los papas y a los clérigos, sus ahora irreconciliables enemigos, los condena a chocarse unos con otros, en el cuarto cerco del averno; ama a Beatriz Portinari y por eso la hace habitar el paraíso (ella misma es, al fin y al cabo, el inalcanzable paraíso).

Como sucede con el propio catolicismo -y con todos nosotros-, su Más Allá es una amalgama de lo sagrado y lo profano, de paganismo y ortodoxia. Desfilan santos, águilas parlantes, cerberos, musas, vírgenes, cristos y aquerontes.

Igual que Cervantes, Defoe, Bocaccio y José Hernández, debe casi toda su celebridad a una sola composición (a una específica sección de esa sola composición). Cuenta la leyenda que algunos manuscritos, que completaban la obra, le fueron revelados a uno de sus hijos por el fantasma del poeta muerto, que los había disimulado en un escondrijo de la casa.

Nació como Ducante Degli Aldighieri, en Florencia, en 1265. Murió en Ravena, en 1321, con el nombre ya apocopado. La posteridad le añadiría a la Comedia el calificativo "Divina" y acuñaría para los incendios el adjetivo "dantesco". Los primeros versos son los que se transcriben para ilustrar esta semblanza.

 

 

INFERNO

(INFIERNO)

 

Nel mezo del cammin di nostra vita

Mi ritrovai per una selva oscura

Ché la diritta via era smarrita

 

Ahi quanto a dir qual era e cosa dura

Esta selva selvaggia e aspra e forte

Che nel pensier rinova la paura!

 

Tant´e amarra che poco e piu morte;

Ma per tratar del ben ch´i vi trovai

Diro de l´altre cose ch´il v´ho scorte

 

Io non so ben ridir com´i ´v´intrai,

Tant´era pien di sonno a quel punto

Che la verace via abbandonai

 

 

En medio del camino de la vida

Me vi extraviado en una selva oscura

Y la recta senda sentí perdida

 

¡Ah, que hablar de esto es cosa dura

Selva tan agreste y áspera y fuerte

Que de sólo pensar me da pavura!

 

Era tan amarga como la muerte

Mas yo para ser fiel a lo que viera

Diré las cosas que halló mi suerte

 

Ojalá cómo entré explicar pudiera

Tan sólo que el sueño me oprimía

Cuando abandoné la vía verdadera

 

 

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"Los Manriques"


 

La historia de la literatura es una relación en donde abundan los misterios. El que le toca al destino ilustre de la familia de poetas judeo-españoles del siglo XV que se conoce con el nombre genérico de "Los Manriques", no es, ciertamente, el menor de ellos.

La reputación del grupo gira en torno a "Las Coplas", de Jorge Manrique, hijo de Rodrigo, hermano de Pedro y sobrino de Gómez Manrique. Fuera de esta composición, la obra del conjunto no pasa de ejercicios menores, que no trascienden la medianía usual de la época. Sin estas "Coplas", quizá poco sabríamos de "Los Manriques", o, lo que es peor, no nos interesaría saber mucho más de ellos:

Rodrigo Manrique (1406-1440), primer Conde de Paredes de Nava, fue un hombre de armas, un accidental aficionado a las letras. (Lo seguro de la vida / tiene el muerto que reposa, / qu´el mundo es tan fiera cosa / que no hay cosa conocida.) Su producción es ínfima y se reduce a algunos villancicos y canciones.

Gómez Manrique (1412-1490), a quien el siempre hiperbólico Menéndez y Pelayo juzga "el mejor poeta del siglo XV, después de Santillana y de Mena" (y después de su discípulo Pedro Guillén de Segovia, agregaría yo), fue, tal vez, el de mayor predicamento en el grupo. A la consideración del lector expongo el fragmento que sirve de ejemplo a estas líneas, lo más destacado de su pluma, y escamoteo ex professo las "Coplas de Mingo Revulgo", que aluden a la homosexualidad de Enrique IV, quien -según nos cuenta el indiscreto Gómez Mannrique-, se dedicaba a "folgar tras los setos" la mayor parte del tiempo.

Pedro Manrique (1435-?), segundo Conde de Paredes de Nava, un poetastro satírico que gustaba de la procacidad y la grosería. Por respeto a los lectores, las antologías lo ignoran.

Jorge Manrique (1440-1479): a él pertenece el retrato que ilustra la nota.

 

 

LOS MARTIRIOS QUE REPRESENTAN AL NIÑO

 

El cáliz

¡Oh santo niño naçido

para nuestra redençión

este cáliz dolorido

de tu cruda pasión

es neçesario que beba

tu sagrada majestad,

por salvar la humanidad

que fue perdida por Eva

 

La corona

E después de tu persona

Ferida con deçeplinas,

te pornán esta corona

de dolorosas espinas

 

La cruz

En aquesta santa cruz

el tu cuerpo se perná;

a la hora no habrá luz

y el templo caerá.

 

El astelo* e la soga

E será este astelo

tu cuerpo glorificado,

poderoso rey del çielo

con estas sogas atado.

 

Los açotes

Con estos açotes crudos

romperán los tus costados

los sayones muy sañudos

por lavar nuestros pecados

 

La lança

Con esta lança tan cruda

fordarán tu costado,

e será claro, sin duda,

lo que fue profetizado.

 

*columna

 

 

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Boscán

 

 

Melancólica fama la que depende del valor de otro, como la de Salieri, cuya imagen se halla infaliblemente anudada a la del talento enorme de Mozart.

Así, Juan Boscán de Almogaver, o Boscán a secas (1495-1542), ha escrito su nombre en la historia de la literatura española no por la calidad de su obra, excepcionalmente anodina, sino por haber convencido a su amigo, el poeta Garcilaso de la Vega, para que abandonara los metros tradicionales y se abocara a los modelos italianos, representados por los endecasílabos y la lírica amatoria de Petrarca, ensayos que en la península ya habían abordado Santillana, Mena y Villapando, con escaso éxito. Ayudó también a la difusión de otros poetas menores, como Diego Hurtado de Mendoza (bisnieto de Santillana) y el valenciano Ausiàs March.

Un año después de la muerte de Boscán, su esposa editó sus escritos en un taller de Barcelona: "Las Obras del Boscán y algunas de Garcilaso de la Vega". Imprevisto golpe de suerte, ya que hasta 1569 los versos de Boscán y los de Garcilaso se imprimieron y difundieron juntos.

El gusto de Boscán por el petrarquismo le fue contagiado por Andrea Navagero, embajador de Venecia, a quien conoció en Granada, en 1526, siendo miembro del séquito de Carlos V. Cristóbal de Castillejo censura esa preferencia y escribe estos versos: "Han renegado la fe / de las trovas castellanas / y tras las italianas / se pierden, diciendo que / son más ricas y lozanas".

Hay que buscar lo mejor de la producción de Boscán en una hoy inhallable traducción de ese manual de buenos modales llamado "Il Cortegiano", de Baltasar Castiglione, que redactó en 1534; hay que buscar su sombra más perdurable en uno de los personajes de la primera égloga de Garcilaso: el atormentado Nemoroso.

 

 

DULCE SOÑAR Y DULCE CONGOJARME...

 

Dulce soñar y dulce congojarme

cuando estaba soñando que soñaba,

dulce gozar con lo que me engañaba,

si un poco más durara el engañarme.

 

Dulce no estar en mí, que figurarme

podía cuanto bien yo deseaba;

dulce placer, aunque me importunaba,

que alguna vez llegara a despertarme.

 

-¡Oh sueño, cuánto más leve y sabroso

me fueras, si vinieras tan pesado

que asentaras en mí con más reposo!

 

Durmiendo, en fin, fui bienaventurado;

y es justo en la mentira ser dichoso

quien siempre en la verdad fue desdichado.

 

 

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Shakespeare 


 

Desde que en 1598 Francis Meres incluyó el nombre de William Shakespeare junto a los de Eurípides, Esquilo, Sófocles, Aristófanes, Ovidio, Horacio, Virgilio, Spenser, Marlowe y Chapman, poco o nada puede agregarse a los infinitos elogios que la posteridad le ha dispensado. Con plenitud cabe para él aquella sentencia bíblica: "Nada nuevo hay bajo el sol". Es una utopía pretender eludir hoy el lugar común, y es lícito afirmar, sin error (sin que nos incomode la posibilidad del error), que en cuatrocientos años todo lo que humanamente puede decirse de un escritor, ya ha sido dicho de Shakespeare. (Hasta que la obra de Shakespeare no pertenece a Shakespeare.Hasta que Shakespeare ha sido un personaje de ficción -imputación de la que tampoco ha escapadoo Homero-, como Hamlet y Shylock.)

Se ha dicho, entre otras cosas, que renovó el idioma inglés; el propio Meres explica que si las Musas hablaran en inglés, sin duda usarían el "bellísimo fraseo shakesperiano". Convengamos que, anacrónicas, las Musas de Meres susurrarían en un inglés incomprensible: En los siglos XVI y XVII ocurre un profundo cambio en el sonido de las vocales, que hace que un drama de Shakespeare representado con la pronunciación corriente del siglo XVII sea, para el espectador de hoy, una jerigonza indescifrable. Por otro lado, también es cierto que todo lector serio no haría mal en ahondar un poco en la particular sintaxis shakesperiana, puesto que adolece de algunos obstáculos, no del todo insalvables (para explicarla cabalmente, por ejemplo, el doctor Abbot ha pergeñado su erudita "Gramática Shakespearana", que el curioso lector, y las Musas de Meres, harían muy bien en consultar).

En el prólogo a Enrique V, Shakespeare se queja de las limitaciones de la reconstrucción escénica, que, dice, conspiran contra la verosimilitud de la obra. Pero nada hay más inverosímil que sus diálogos y monólogos, y aun las circunstancias de sus argumentos. El ejemplo que sirve de justificación a esta nota corrobora lo que digo: son las palabras que Polonio le dedica a su hijo Laertes antes de la partida. Si un lord chambelán hubiera hablado realmente así, Shakespeare no habría sido Shakespeare, sino un mero autor costumbrista (el primer Eichelbaum, digamos), incapaz de sobrepasar las estrechas fronteras de la crónica.

De la lectura de Holinshed (Chronicles of England, Scotland and Ireland), Shakespeare extrajo la anécdota de Macbeth; de la de Plutarco (Vidas Paralelas), la de Julio César; de la de Marlowe (El Judío de Malta), la del Mercader de Venecia; de la de Giambattista Giraldi (Cinthio), la de Otelo; de la de Saxo Gramático (la Gesta Danorum, a través de las Histories Tragiques, de Belleforest), la de Hamlet; de la de Plauto, la de La Comedia de las Equivocaciones. Pero cuando hablamos del noble cuya ambición lo convierte en criminal; cuando hablamos de puñales asesinos hundiéndose en la carne del falso dios; cuando hablamos de la venganza despiadada, pero íntima y sutilmente justificable; cuando hablamos de celos, de farsas y delirios, estamos hablando de Shakespeare.

Shakespeare nació en Stratford-on-Avon (Warwick), en 1564. Fue actor, dramaturgo y empresario teatral de singular éxito. Murió en aquella misma ciudad, en 1616, quiere la tradición que el mismo día que Cervantes, aun cuando triviales razones de calendario (tan ajenas al humano goce de las simetrías) lo desmientan. La traducción del fragmento que sirve de muestra pertenece a mi hijo Claudio Erasmo, que condescendió a abandonar por un momento la poética de Metallica y Marilyn Mason para acercarse a la del bardo inglés.

 

 

HAMLET

(Acto I, Escena 3)

 

Polonius.

There my blessing with thee!

And these few precepts in thy memory.

Look Thou character. Give thy thoughts no tongue,

Nor any unproportioned thought his act.

Be thou familiar but by no means vulgar.

The friends thou hast, and their adoption tried,

Grapple them to thy soul eith hoops of steel,

And do not dull thy palm with entertainment

Of each new-hatch´d, unfledged comrade.

Beware

Of entrance to a quarrel, but being in,

Bear´t that the opposed may beware of thee.

Give everyman thy car, but few thy voice:

Take each man´s censure but reserve thy judgment,

Costly thy habit as thy purse can buy,

But not expressed in fancy, rich not gaudy,

For the apparel oft proclaims the man,

And they in France of the best rank and station

Are of a most select and generous, chief in that.

Neither a borrower nor a lender be;

For loan oft loses both itself and friend,

And borrowing dulls the edge of husbandry

This above all: to thine own self be true,

And it must follow, as the nigth the day,

Thou cans´t not then be false to any man.

 

 

Polonio.

¡Que mi bendición sea contigo!

Y que estos pocos preceptos se graben en tu memoria:

Cuida tu carácter y no expongas alegremente tus pensamientos.

Aleja de tu mente toda idea extravagante.

Sé común, pero no vulgar.

Los amigos cuya lealtad hayas probado,

Aférralos a tu alma con cadenas,

Y no empañes tu mano con gratuitos halagos

a todo nuevo camarada recién salido del cascarón.

Cuídate

De entrar en disputas, pero si lo haces

Compórtate para que sea el oponente el que se cuide de ti.

Escucha a cada hombre, pero di pocas palabras,

Pon atención a la censura de cada uno, pero reserva tu juicio.

Que tu atavío sea costoso hasta donde tu bolsillo lo permita,

Pero sin afectación, porque la apariencia delata al hombre.

Los franceses de buena posición son un ejemplo al respecto.

No tomes prestado y tampoco prestes,

Por prestar, a menudo, se pierden cosas, además de la amistad.

Tomar prestado es, con frecuencia, la ruina de la economía.

Y lo más importante de todo: no te engañes a ti mismo,

De esto se seguirá, como la noche que sucede al día,

Que no has de ser falso con ningún hombre.

 

 

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Cervantes


 

La primera vez que afronté la obra de Cervantes (1547-1616), fue a través de "El Licenciado Vidriera", una de sus Novelas Ejemplares, cuando yo tenía once o doce años y la lectura era un deber escolar, nunca un placer estético. Después vendrían Los Trabajos de Persiles y Segismunda y El Quijote.

Sabemos que este último producto le deparó una justa inmortalidad literaria. Sabemos que el resultado excedió ampliamente sus expectativas (iba a ser una mera burla a las novelas de caballería), que lo perpetró para matizar sus horas en una cárcel de Sevilla, que le abrió las puertas de la gloria universal (los germanos (1) le dedicaron especial atención: Schlegel y Thomas Mann reflexionaron largamente sobre él; Helmut Hatzfeld y Karl Vossler lo historiaron; Sigmund Freud confesó haber aprendido español para leerlo), y que aun hoy sigue alimentando su celebridad. (Hace poco tiempo, la editorial francesa Seuil, censuró un prólogo en donde se afirmaba que El Quijote era una "farsesca y sutil parábola de la homosexualidad", polémica que para una novela del siglo XVI, supone un anacronismo.) Sabemos, sin embargo, que, pese a todo, Cervantes fue un poeta fracasado. Lope de Vega lo juzgaba malísimo, y él mismo reconocía su inoperancia con el verso:

Yo que siempre me afano y me desvelo

por parecer que tengo de poeta

la gracia que no quiso darme el cielo.

Éstos corresponden a su obra más importante en el género Viaje al Parnaso, inspirada (quizá en demasía, aun tratándose de un clásico) en la labor homónima del itálico Cesare Caporali.

Además del Quijote (su famoso comienzo -"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme..."- está copiado de una "ensaladilla" anónima de 1596; la dedicatoria, de la que Fernando de Herrera le escribió al Marqués de Ayamonte cuando publicó las obras de Garcilaso), además del Quijote, digo, de las Novelas Ejemplares, Los Trabajos de Persiles y Segismunda y el Viaje al Parnaso, Cervantes redactó La Galatea y una serie de comedias y entremeses que no le reportaron mayor fortuna.

El fragmento que se transcribe pertenece al entremés El Retablo de las Maravillas, y su anécdota principal (supuestas maravillas que no podrán ser vistas por nadie que no sea hijo del padre que tiene por legítimo, condición que, naturalmente, hará que todos finjan ver milagros inexistentes) fue exhumada de uno de los "exemplos" de El Conde Lucanor, de don Juan Manuel, que a su vez lo había exhumado de la tradición árabe, como casi todo el resto de su libro. El Traje del Emperador, de Hans Christian Andersen, dicho sea de paso, repite, una vez más, la ocurrencia.

 

(1) Utilizo aquí la palabra "germano", claro está, de acuerdo a la primera acepción que ofrece el diccionario de la Real Academia.

 

 

 

EL RETABLO DE LAS MARAVILLAS

 

 

CHANFALLA.-Yo, señores míos, soy Montiel, el que trae el Retablo de las maravillas. Hamme enviado a llamar de la corte los señores cofrades de los hospitales, porque no hay autor de comedias en ella, y perecen los hospitales, y con mi ida se remediará todo.

GOBERNADOR.-¿Y qué quiere decir retablo de las maravillas?

CHANFALLA.-Por las maravillosas cosas que en él se enseñan y muestran, viene a ser llamado Retablo de las maravillas; el cual fabricó y compuso el sabio Tontonelo, debajo de tales paralelos, rumbos, astros y estrellas, con tales puntos, caracteres y observaciones, que tenga ninguno puede ver las cosas que en él se muestran, que alguna raza de confeso, o no sea habido y procreado de sus padres de legítimo matrimonio; y el que fuere contagiado de estas dos tan usadas enfermedades, despídase de ver las cosas jamás vistas y oídas en mi Retablo.

BENITO.-Ahora echo de ver que cada día se ven en el mundo cosas nuevas. ¿Y qué? ¿Se llamaba Tontonelo el sabio que el retablo compuso?

CHIRINOS.-Tontonelo se llamaba, nacido en la ciudad de Tontonela, hombre de quien hay fama que le llegaba la barba a la cintura.

BENITO.-Por la mayor parte, los hombres de grandes barbas son sabihondos.

GOBERNADOR.-Señor regidor Juan Castrado: yo determino, debajo de su buen parecer, que esta noche se despose la señora Teresa Castrada, su hija, de quien yo soy padrino, y, en regocijo de la fiesta, quiero que el señor Montiel muestre en vuestra casa su retablo.

JUAN.-Eso tengo yo por servir al señor gobernador, con cuyo parecer me convengo, entablo y arrimo, aunque haya otra cosa en contrario.

CHIRINOS.-La cosa que hay en contrario es que, si no se nos paga primero nuestro trabajo, así verán las figuras como por el ceiro de Úbeda. ¿Y vuesas mercedes, señores justicias, tienen conciencia y alma en esos cuerpos? ¡Bueno sería que entrase esta noche todo el pueblo en casa del señor Juan Castrado, o como en su gracia, y viese lo contenido en tal retablo, y mañana, cuando quisiéramos mostralle al pueblo, no hubiese ánima que la viese! No, señores; no señores, ante omnia, nos han de pagar lo que fuere justo.

BENITO.-Señora autora: aquí no os ha de pagar ninguna Antona ni ningún Antonio; el señor regidor Juan Castrado os pagará más honradamente, y si no, el concejo. ¡Bien conocéis el lugar por cierto! Aquí hermana, no aguardamos a que ninguna Antona pague por nosotros.

CAPACHO.-¡Pecador de mí, señor Benito Repollo, y qué lejos da del blanco! No dice la señora autora que pague ninguna Antona, sino que le paguen adelantado y ante todas las cosas, que eso quiere decir ante omnia.

BENITO.-Mirad, escribano Pedro Capacho; haced vos que me hablen a derechas, que yo entenderé a pie llano. Vos, que sois leído y escribido, podéis entender esas algarabías de allende, que yo no.

JUAN.-Ahora bien; ¿contentarse ha el señor autor con que yo le dé adelantados media docena de ducados? Y más, que se tendrá cuidado que no entre gente del pueblo esta noche en mi casa.

CHANFALLA.-Soy contento, porque yo me fío de la diligencia de vuesa merced y de su buen término.

JUAN.-Pues véngase conmigo. Recibirá el dinero y verá mi casa y la comodidad que hay en ella para mostrar ese retablo.

CHANFALLA.-Vamos, y no se le pase de las mientes las calidades que han de tener los que se atrevieren a mirar el maravilloso retablo.

BENITO.-A mi cargo queda eso, y séle decir que, por mi parte puedo ir seguro a juicio, pues tengo el padre alcalde; cuatro dedos de enjundia de cristiano viejo rancioso tengo sobre los cuatro costados de mi linaje: ¡miren si veré el tal retablo!

CAPACHO.-Todos lo pensamos ver, señor Benito Repollo.

 

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Gracián

 

 

La ambigua figura del jesuita Baltasar Gracián se encuentra indisolublemente ligada a la de Francisco de Quevedo y a la de Luis de Góngora. Al primero lo une su asimilación a la corriente conceptista; al segundo, el clero y la frecuente confusión que identifica conceptismo y culteranismo. (Uno y otro, sin embargo, se funden en una corriente mayor: el barroco, ese enorme movimiento europeo que coincidió con los reinados de Felipe III y Felipe IV y cuya predilección artística por el artificio y el derroche de los recursos es por todos conocida.)

He escrito que es una ambigua figura la de Gracián. Los críticos y los historiadores (y aun algunos escritores) intentan celebrarlo, pero les cuesta: Menéndez y Pelayo dice de él que es "un talento de estilista de primer orden", pero inmediatamente agrega: "maleado por la decadencia literaria". Fermín Estrella Gutiérrez en principio lo alaba o finge alabarlo: "Es el último gran escritor del siglo XVII", apunta, y continúa: "la hondura de sus pensamientos y la originalidad y agudeza de sus ideas lo colocan, por derecho propio, entre los más insignes pensadores que ha tenido la humanidad"; y, ya sin reprimir su desconfianza, remata, aclarando el punto: "más grande sin duda como pensador que como escritor". Menéndez Pidal opta por diluirlo dentro del crisol común del conceptismo, sin ensalzarlo: nos dice que abusó de la hipérbole y cosas así; en suma, no agrega demasiado a lo que uno de antemano ya podía suponer. Ludwig Pfandl, en otra sentencia general que apenas disimula un dictamen lapidario, anota que los conceptistas "no necesitaban un talento poético especial para escribir, ni siquiera fantasía o energía de sentimiento, sino meramente agudeza e ingenio". Borges jamás escondió su recelo respecto a Gracián (y hasta le dedicó algún poema adverso) y Macedonio Fernández lo consideraba (como a Góngora) un autor detestable.

Baltasar Gracián nació en Balmonte, en 1601. Publicó sus obras con seudónimo, pero esa precaución no impidió que su actividad literaria le trajera inconvenientes con su orden. Murió en Zaragoza, en 1658. Schopenhauer lo admiraba, y de todas sus obras prefería "El Criticón". A ésta pertenece el fragmento elegido para ilustrar el bosquejo que acaba de leer.

 

 

EL CRITICÓN

 

Luego que el supremo Artífice tuvo acabada esta gran fábrica del mundo, dicen trató de repartirla alojando en sus estancias a sus vivientes. Convócolos todos, desde el elefante hasta el mosquito. Fuéles mostrando los repartimientos y examinando a cada uno cuál de ellos escogía para su morada y vivienda. Respondió el elefante que él se contentaba con una selva, el caballo con un prado, el águila con una de las regiones del aire, la ballena con un golfo, el cisne con un estanque, el barbo con un río y la rana con un charco.

Llegó el último, el primero digo, el hombre, y, examinando de su gusto y de su centro, dijo que él no se contentaba con menos que con todo el universo, y aun le parecía poco. Quedaron atónitos los circunstantes de tan exorbitante ambición; aunque no faltó luego un lisonjero, que defendió nacer de la grandeza de su ánimo.

Pero la más astuta de todos: Eso no creeré yo, les dijo; sino que procede de la ruindad de su cuerpo. Corta le parece la superficie de la tierra y así penetra y mina sus entrañas en busca del oro y de la plata, para satisfacer en algo su codicia. Ocupa y embaraza el aire con lo empinado de sus edificios, dando algún desahogo a su soberbia. Surca los mares y ronda sus más profundos senos, solicitando las perlas, los ámbares y los corales, para adorno de su bizarro desvanecimiento. Obliga a todos los elementos a que le tributen cuanto abarcan: el aire sus aves, el mar sus peces, la tierra sus cazas, el fuego la sazón, para entretener, que no satisfacer, su gula. ¡Y aun se queja de que todo es poco! ¡Oh monstruosa codicia de los hombres!

 

 

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Goethe


 

Una escultura, emplazada en algún lugar de Alemania, dibuja las inconfundibles siluetas de dos amigos y colaboradores: Johann W. Goethe y Friedrich von Schiller. Los alemanes tienen en estos dos hombres, en ese preciso y misterioso orden, a sus dos máximas figuras literarias.

Goethe nació en Francfurt, el 28 de agosto de 1749, en el seno de una familia burguesa y acomodada que lo imaginaba dedicado a las leyes, pero que tuvo que resignarse a verlo obsesionado con las letras; primero como poeta (enrolado en la corriente del Strum und Drang), después como comediógrafo y hacedor de dispares dramas y tragedias, y finalmente, como novelista. Elegías Romanas y Diván Occidental-Oriental es lo más destacado de su trabajo poético; Werther lo es en el ámbito de la novela, y Torcuato Tasso en el drama. La tradición, sin embargo, le ha dado a Fausto (personaje que algunos identifican con un editor alemán, caído en desgracia con la Iglesia a causa de ese diabólico artefacto llamado imprenta, y otros con Johann Faust, un adivino charlatán que floreció en los albores del siglo XV) el primer lugar entre todas sus obras.

Otros "Faustos" hubo en la historia, desde un anónimo aparecido en el siglo XV hasta uno de Adelbert von Chamisso, de 1803; pasando por el Johan Faust de Spiez y el Theóphile, de Rutebeuf. Hubo uno ruso, de Turguéniev; otro inglés, de Marlowe, e incluso uno vernáculo, escrito por Estanislao del Campo. De todos, el más célebre (y quizá el único) es el de Goethe, que conoció más de una versión.

Norma Hoffmann (apellido de insigne prosapia literaria) fue quien me facilitó y tradujo el fragmento de "Las Cuitas del Joven Werther" que sirve de justificación a estos apuntes. Cuando le pregunté si podía proveerme de algún texto de Goethe en alemán para ilustrar la nota, me contestó en alemán:

-Ja, aber Schrifler ist sehr lanweilig.

Esta fatal definición, que sin duda le parecerá un despropósito a más de un sacro espíritu académico, suele ser, para el lector común, una aciaga e incómoda verdad.

Goethe murió el 22 de marzo de 1832, poco después de haber despachado la versión definitiva de su Fausto.

Años más tarde, en 1859, Gounod compondría una ópera con el personaje y Murnau daría al cine, en 1926, una obra inspirada en la anécdota, pero, al decir de Hoffmann, inmensamente más entretenida que su fuente literaria.

 

 

DIE LEIDEN DES JUNGEN WERTHER

(LAS CUITAS DEL JOVEN WERTHER)

 

Am.15.August

Es ist doch gewiss, dass in der Welt den Menschen nichsts notwendig macht als die Liebe. Ich fühl`s an Lotten, dass sie mich ungere verlöre, und die Kinder haben keinen andern Begriff, als dass ich immer morgen wiederkommen würde. Heute war ich hinausgegangen, Lottens Klavier zu stimmen, ich konnte aber nich dazu kommen, denn die Kleinen verfolgten mich um ein Märchen, und Lotte sagte selbst ich sollte ihnen den Willen tun. Ich schnitt ihnen das Abendbrot, das sie nun fast so gern von mir als von Lotten annehmen, und erzäahlte ihnen das Hauptstückchen von der prinzessin, die von Händen bedient wird. Ich lerne viel dabei, das versichre ich dich, und ich bin erstaunt, was es auf sie für Eindrücke macht. Weil ich manchmal einen Inzidentpunkt erfinden muss, den ich beim zweitenmal vergesse, sagen sie gleich, das vorige Mal wär es anders gewesen, so dass ich mich jetzt übe, sie unveränderlich in einem singeden Silbenfall an einem Schnürchen weg zu rezitieren. Ich habe daraus gelernt, wie ein Autor durch eine zweite, veränderte Ausgabe seiner Geschichte, und wenn sie poetisch noch so besser geworden wäre, notwendig seinem Buche schaden muss. Der erste Eindruck findet uns willig, und der Mensch ist gemacht, dass man ihn das Abenteuerlichste überreden kann; das jaftet aber auch gleich so fest, und wehe dem, der es wieder auskratzen und austilgen will!

 

 

15 de agosto

Se sabe que nada hay en el mundo tan importante como el amor. Para mí es una necesidad. Los niños, que no tienen mayor conciencia de esto, esperan, sin embargo, cada mañana mi regreso. Yo había salido para afinar el piano de Lotte, pero finalmente no pude llegar, y los niños que me perseguían pidiéndome que les contara un cuento, y Lotte que insistía en que debía contárselos. Les corté el pan de la merienda, que tomaron con singular entusiasmo, y les conté el cuento de la princesa de las manos encantadas. Aprendo mucho contando historias, te lo aseguro, y estoy sorprendido de la impresión que esas historias causan en ellos. A veces debo inventar detalles que he olvidado, pero los niños lo notan en seguida. Fue distinto la primera vez, de modo que me ejercito recitando las fábulas sin cambiar una palabra. He aprendido que una segunda edición que contenga variaciones del original perjudica al autor, más que si lo hubiese mejorado poéticamente. La primera impresión es la que cuenta, y el hombre está hecho de modo tal que se le puede hacer creer cualquier cosa, por increíble que sea, pero una vez ganada su fe, se agarra a ella con uñas y dientes, y se rebela si alguien pretende quitársela.

 

 

 

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